Lazos que Unen

El viaje de negocios que terminó en la peor pesadilla de un infiel

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Continuamos exactamente donde quedó la escena, con el corazón del infiel latiendo más rápido de lo que él quisiera confesar…

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El golpe volvió a escucharse. Esta vez más fuerte. Y después, una voz. Femenina. Quejumbrosa.

—Es mi madre —dijo Lucía, tomando su celular—. Le compré este viaje para que se relajara. Por eso reservé las dos habitaciones contiguas. No te preocupes, ella no sabe nada de ti. Buena idea, ¿no? Nadie sospecha de una hija paseando con su madre.

—¿Tu madre está al lado? —preguntó él, sintiendo que el aire se le escapaba.

—Relájate. No va a venir para acá. Le dejo su comida en la puerta y listo. ¿Qué más da? —Lucía se encogió de hombros y se dirigió a la puerta de comunicación con una llave.

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El teléfono de él volvió a vibrar. Otra vez Mariana. Esta vez con una llamada. El número aparecía en la pantalla con la foto de ella sonriendo, con los niños.

—¿La vas a contestar? —preguntó Lucía, con el teléfono en la oreja, esperando que su madre le abriera.

—Déjalo. Es solo mi esposa, no es nada urgente.

—«Solo mi esposa» —repitió Lucía con una sonrisita burlona, y desapareció detrás de la puerta que comunicaba las habitaciones.

Él se quedó solo en la suite, con el corazón bombeándole en las sienes. Sabía que debía contestar para no levantar sospechas. Pero algo le decía que si contestaba, si escuchaba la voz tranquila de su esposa en ese momento, no podría seguir adelante con su plan.

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El teléfono dejó de vibrar. Y luego vibró otra vez. Mensaje de voz.

Lo pulsó con el dedo tembloroso.

«Hola, mi amor. Sé que debes estar en una reunión, no me contestes si no puedes. Solo quería decirte que llegué bien al doctor con tu mamá. Le están haciendo estudios, mañana nos darán los resultados. No te preocupes, todo va a estar bien. Te amo mucho. Cuídate.»

Se quedó petrificado, con el teléfono en la mano.

¿Su mamá? ¿La mamá de Mariana? No, espera —su propia madre estaba bien. ¿Qué estaba diciendo? A los diez segundos le entró el zumbido en los oídos. Empezó a reconstruir la llamada mentalmente y se le fue el color del rostro. La voz de Mariana, sí. Pero lo que había dicho… no era…

—No —murmuró—. Eso no tiene sentido.

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Lucía salió de la habitación contigua, con una expresión relajada y en la mano una bandeja vacía.

—Mi madre ya cenó. Dijo que está cansada y que va a dormir temprano. Perfecto, ¿no? —hizo una pausa al verlo pálido—. ¿Qué te pasa? ¿Tienes fiebre?

—¿Tu madre… cuántos años tiene? —preguntó él, en un hilo de voz.

—Cincuenta y ocho. ¿Por qué? ¿Te importa si es mayor? Yo creí que te habían dicho que era joven.

Él negó con la cabeza, pero no podía procesar nada. Cincuenta y ocho. Su madre tenía setenta. Su suegra tenía sesenta y tres. Mariana no llamaba para hablar de su suegra enferma, no. Mariana hablaba de alguien más.

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Un pensamiento horrible le atravesó la mente como un cuchillo.

—Necesito ir al baño —dijo. Y no esperó respuesta.

Cerró la puerta con llave y se quedó mirando al espejo. Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre que no reconocía. Ojos cansados. Sonrisa torcida. Y ese sudor frío que le bajaba por la nuca.

—Cálmate —se dijo a sí mismo—. Eres un mentiroso profesional. Encuentra una salida.

Pero su instinto le gritaba que había algo más. Que Mariana no le había dicho «tu mamá». Que había dicho… No. No podía repetirlo.

Regresó a la suite con paso firme, fingiendo normalidad. Lucía estaba tirada en la cama, mirando su teléfono. Al verlo, levantó una ceja.

—¿Ya estás mejor?

—Sí. Solo un malestar.

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—Bueno, porque quiero que hablemos. Es hora de que tomes una decisión, mi amor. Tu esposa espera que llegues el viernes, pero yo quiero que nos quedemos aquí para siempre.

Él abrió la boca para responder, pero sonó su teléfono, impidiendo que dijera nada. Esta vez, ignoró la llamada.

—Déjalo sonar —dijo Lucía, con un suave empujón sobre el pecho—. Esta noche soy yo la única que existe.

El teléfono sonó una, dos, tres veces. Y después, la pantalla se iluminó con un mensaje de texto. Solo una línea, pero esa línea logró detenerle el corazón por completo.

«Lo sé todo. Sal del hotel. La salida de emergencia, piso 2, puerta de servicio. Ahora.»

El mundo se le vino encima. ¿Quién demonios le mandaba eso? Solo Mariana tenía ese número… Pero no, no era posible.

—¿Quién te escribe? —preguntó Lucía, con la mirada afilada.

—Nadie. Un número equivocado.

Pero sus manos temblaban, y su cerebro giraba en mil direcciones. Si era Mariana… si ella sabía algo… ¿cómo? ¿Desde cuándo? ¿Y si había alguien más siguiéndolo? ¿Si esta habitación estaba vigilada?

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Sin decir palabra, caminó hacia la puerta de la habitación contigua, la que daba al pasillo principal. Puso el ojo en la mirilla, conteniendo el aliento.

Y lo que vio lo dejó sin aire.

Un hombre alto, de traje, parado en el pasillo. Muy cerca de la puerta. Con un teléfono en la mano. Y en la pantalla, una foto. La cara de él.

—Lucía, ¿quién está en esa habitación? —preguntó con voz ronca.

Ella se acercó, miró por la mirilla y palideció. Esa reacción lo confirmó todo.

—¿Qué has hecho? —susurró él, sintiendo que el suelo se abría.

—Yo no he hecho nada —dijo ella, retrocediendo—. Ese hombre… no lo conozco. Te lo juro, yo no sé nada.

La rabia le quemó la garganta, pero no tuvo tiempo de responder. Un golpe fuerte en la puerta del pasillo los estremeció a ambos.

—Soy el gerente del hotel —dijo una voz desde afuera—. Abran. Tenemos un problema con su reservación.

Un problema. La reservación. Y ese hombre de traje en el pasillo esperando.

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Entonces, el teléfono de él vibró otra vez. La misma foto de Mariana en la pantalla. Pero esta vez él contestó. Sin poder evitarlo. Con el corazón en la mano.

Al otro lado, la voz de su esposa no era ni cálida ni tranquila. Era una voz quebrada, fría como el filo de un cuchillo.

—Ya salí de ese hotel con los niños. Y te lo advierto: no te acerques. No te acerques a mí, ni a mis hijos, ni a mi casa. Porque si tratas de verte conmigo, este video que tengo de ti y tu amante en la suite catorce se lo mando a tu madre y a todo el mundo.

Él no entendía nada. ¿Video? ¿Suite catorce? ¿Cuándo habría tenido tiempo de grabar algo?

—Mariana, espera, no hagas nada que no podamos hablar. Yo…

—¿Hablar? ¿Ahora quieres hablar? —La voz de ella temblaba de dolor—. No, no hay nada que hablar. Tú ya tomaste tu decisión cuando cruzaste esa puerta. Yo también tomé la mía. Y esta vez, no volveré a esperarte. Nunca más.

Y la llamada se cortó.

Lucía lo miraba con los ojos llenos de lágrimas de rabia, pero también con una sonrisa que se estaba formando en sus labios. Una sonrisa aterradora.

—Parece que tu esposa es más viva de lo que creías —dijo, con veneno en la voz—. Y parece que esta historia la terminé yo, porque tú ni siquiera fuiste capaz.

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Él se quedó paralizado en medio de la suite, escuchando el eco de la llamada en su cabeza. El gerente seguía tocando la puerta. El hombre de traje seguía en el pasillo. Y en el fondo de todo, esa palabra que Mariana había dicho, esa que él se había negado a escuchar hacía un momento, resonaba de nuevo, implacable:

«Salvado. Yo ya me salvé sola.»

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