Sabías que la historia no terminaba en esa puerta, y no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue, y lo que viene te va a helar la sangre.
«Tres días», pensó él mientras el ascensor del hotel subía al piso catorce. «Tres días de libertad, de ella, de este plan perfecto».
Pero en el fondo de su pecho, algo le cosquilleaba. No era culpa. No todavía. Era más bien esa sensación rara de haber olvidado algo importante, como cuando sales de casa y no recuerdas si cerraste la puerta con llave.
Su amante, Lucía, lo tomó de la mano y lo sacó de sus pensamientos. Llevaba un vestido rojo que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y sus ojos brillaban con esa malicia que a él lo volvía loco. Era completamente distinta a su esposa: Lucía era fuego, peligro, aventura. Mariana, en cambio, era la calma, la rutina, el hogar.
—¿En qué piensas, mi amor? —preguntó Lucía, acariciándole el cuello con la punta de los dedos.
—En nada —mintió él, y sonrió.
El pasillo del hotel olía a lujo y a discreción. Alfombras gruesas, paredes empapeladas, luz tenue. Todo estaba diseñado para que nadie viera nada, para que los secretos se quedaran entre esas cuatro paredes.
—Aquí estamos —dijo Lucía, abriendo la puerta de la suite.
Los ventanales mostraban la ciudad a sus pies. La cama king size, impecable. Una botella de champagne en una cubeta de hielo, con dos copas esperándolos. Sobre la mesa, una caja de bombones finos.
—¿Ves cómo te mimos? —dijo ella, abrazándolo por detrás mientras él miraba la vista.
Él sintió su cuerpo pegado al suyo y por un segundo pensó en Mariana. En cómo, todas las mañanas, le preparaba café sin que él se lo pidiera. En cómo había cuidado de sus hijos mientras él construía su negocio. En cómo lo despidió con un beso dulce, confiado, sin sospechar nada.
—¿Seguro que no dejaste rastros? —preguntó Lucía, leyéndole la mente—. ¿Fotos en tu teléfono? ¿Mensajes borrados a medias?
—Está todo limpio —respondió él, girándose para mirarla—. Soy cuidadoso. Demasiado cuidadoso.
—Eso espero. Porque no quiero problemas. Tú sabes lo que hay de por medio.
Él asintió. Lo sabía muy bien. Llevaban un año de relación a escondidas, y Lucía había empezado a presionar. «Ya basta de ser tu secreto», le decía cada vez con más frecuencia. «Quiero vivir contigo, despertar a tu lado, que el mundo nos vea».
Y él, en un momento de debilidad, le había prometido que este viaje lo cambiaría todo.
—Esta noche hablaremos —dijo él, sirviéndose una copa de champagne—. Te prometo que hablaremos.
Lucía sonrió, triunfal, creyendo que había ganado. Pero él no le había contado toda la verdad. No le había dicho que Mariana, su esposa, había estado extrañamente amorosa las últimas semanas. No le había dicho que su hija mayor cumplía años en dos semanas y que su madre —la madre de Mariana— estaba enferma.
No le había dicho que el plan no era dejar a su esposa.
El plan era terminar con Lucía.
### El castillo de naipes empieza a tambalearse
«Esta es la última vez», se dijo él, mirando cómo Lucía se desvestía lentamente, sin prisa, como toda una experta. «Esta noche se lo digo, se acabó, y vuelvo con mi familia como si nada».
Pero mientras ella se acercaba a él con esa sonrisa depredadora, él sintió que las palabras se le atascaban en la garganta. No por amor. No por culpa. Sino porque sabía que Lucía no era el tipo de mujer que aceptaba una ruptura en silencio.
Había visto la furia en sus ojos cuando alguien la contradecía en el trabajo. La conocía lo suficiente como para saber que si él la terminaba, ella podía arruinarle la vida.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de Mariana.
«¿Llegaste bien, mi amor? Te amo mucho ❤️ Los niños te mandan besos. Cuidate. Tu esposa que te extraña.»
Él sonrió. Tonta. Tan confiada.
—¿Ella? —preguntó Lucía con un tono que pretendía ser casual, pero que no lograba esconder los celos.
—Mi socia de negocios. Nada importante.
Lucía soltó un ri-cito seco. Caminó hacia él con paso lento y se sentó en sus piernas, envolviéndole el cuello con los brazos.
—Mientes muy bien, lo sabes, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir?
—Que eres un mentiroso de primera. Me dices que eres cuidadoso, que nadie sospecha. Pero yo te he visto mirar tu teléfono como si fuera una bomba, respondiendo mensajes a escondidas hasta en el baño. Y eso me hace pensar… ¿me estarás mintiendo a mí también?
El ambiente se tensó. La sonrisa de él se congeló.
—Claro que no. ¿Cómo se te ocurre?
—Lo vi. El mensaje de tu esposa. «Te amo mucho». ¿Así le escribes tú a ella? ¿O a mí solo me llamas cuando te conviene?
Él respiró hondo. El champagne ya no sabía dulce. Sabía a peligro.
—Lucía, no hagamos esto. Esta noche es nuestra.
—¿Nuestra? ¿Segura? Porque a mí me parece que tú sigues jugando a ser el esposo perfecto, y que yo solo soy el premio de consolación.
Él la tomó del rostro con ambas manos y la miró fijamente a los ojos. Se inclinó hacia ella y la besó, largo, profundo. Cuando se separaron, ella ya había soltado el enojo.
—Solo tú, Lucía. Solo tú eres a quien amo.
Era la mentira más grande que había dicho en su vida, y sin embargo, la soltó con una naturalidad que lo asustó. ¿Cuándo se había vuelto tan bueno en esto? ¿Cuándo su corazón se había endurecido tanto?
Ella se relajó, se recostó en su pecho, y se quedaron en silencio un rato. Afuera, la ciudad brillaba con miles de luces como si no le importara la maldad que se escondía en esa suite de lujo.
—Mañana —dijo Lucía, rompiendo el silencio—. Mañana hablaremos de nuestro futuro. Y quiero respuestas concretas, ¿me escuchaste?
—Claro. Mañana te doy todas las respuestas.
Él sabía que era la última noche de esa historia. Pero lo que no sabía, ni por asomo, es que había una historia mucho más grande esperando por él al otro lado de la puerta.
Un golpe seco en la habitación contigua lo sobresaltó. Lucía se incorporó,mirando hacia la pared.
—¿Qué fue eso?
—Será el vecino. No te preocupes.
Pero algo en su instinto le decía que esa pared que separaba las suites vecinas no era tan sólida como parecía. Y que hay secretos que, por más cuidadoso que seas, siempre encuentran la manera de ser escuchados.
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