Sabías que esta historia no podía terminar ahí, y tu corazón te dijo que vinieras a descubrir la verdad completa.
El silencio en la mansión se volvió tan denso que podía escucharse el latido de los relojes antiguos en la sala principal. Don Ricardo Mendoza, un hombre que había construido un imperio desde cero, sentía que las paredes se cerraban sobre él mientras sostenía aquel retrato familiar con manos temblorosas.
La joven, inmóvil frente a él, apretaba el borde de su uniforme negro con dedos nerviosos. Sus ojos verdes, idénticos a los de la mujer del cuadro, reflejaban confusión y un miedo apenas disimulado.
—Señor, ¿está usted bien? —preguntó ella con voz apenas audible, dando un paso hacia atrás—. Si hice algo mal, lamento…
—No —la interrumpió él, alzando la mano—. Tú no has hecho nada malo. Es… es imposible.
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