Aquí seguimos, justo donde la intensidad del momento quedó suspendida…
Don Ricardo dejó el retrato sobre el escritorio de caoba y caminó lentamente hacia la ventana. Afuera, el jardín inglés que tanto había cuidado su difunta esposa se extendía bajo un cielo gris de tormenta. Pero él no veía ninguna de esas cosas.
Veía el rostro de Elena.
La misma curva de la mandíbula. El mismo cabello castaño que caía en ondas naturales. Esos ojos verdes que habían sido la luz de su vida por treinta años y ahora lo miraban desde el rostro de una desconocida.
—¿Cómo te llamas? —preguntó sin volverse.
—Valentina, señor. Valentina Ruiz.
El nombre no le decía nada, claro. Nadie que llevara ese apellido había cruzado jamás las puertas de la mansión Mendoza. Y sin embargo, la naturaleza le había jugado la broma más cruel que podía imaginar.
—¿Dónde naciste, Valentina?
La joven tragó saliva con dificultad. Algo en la intensidad del hombre la asustaba, pero también despertaba una curiosidad extraña.
—En Guadalajara, señor. Pero crecí en el orfanato San José, en las afueras de la ciudad. Nunca conocí a mis padres.
Don Ricardo cerró los ojos con fuerza. Treinta años. Habían pasado exactamente treinta años desde la única noche de flaqueza que había tenido durante su matrimonio. Una noche que juró llevar a la tumba.
—¿Tiene usted alguna foto de cuando era niña? —preguntó, esperando que el temblor de su voz no lo delatara.
Valentina asintió lentamente y sacó su teléfono del bolsillo del uniforme. Con dedos temblorosos, navegó hasta una foto antigua y se la mostró al millonario.
La imagen mostraba a una niña de unos seis años, con coletas torcidas y una sonrisa que revelaba la falta de un diente frontal. Pero sus ojos… Dios, sus ojos eran exactamente los de Elena.
—¿Cuándo naciste, Valentina?
—El 14 de febrero de 1993.
Don Ricardo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Febrero. Nueve meses después de septiembre. Nueve meses después de aquella noche en Guadalajara con una mujer desconocida en la feria de San Marcos.
—¿Ese día se celebra el amor, verdad? —murmuró, más para sí mismo que para ella.
—Sí, señor. Siempre me dijeron en el orfanato que fui una niña del amor.
Él soltó una risa amarga, casi un sollozo. Si los niños del amor son los que nacen el 14 de febrero, entonces él era un ejemplo perfecto de cómo el amor y el pecado pueden confundirse.
—Valentina —dijo con voz firme, recuperando cierta compostura—, ¿usted sabe quién es la mujer de ese retrato?
La joven negó con la cabeza, sus ojos vidriosos.
—Esa es mi esposa, Elena. Falleció hace cinco años. Y usted… usted tiene exactamente sus ojos, su boca, la forma de su rostro. Es como mirar un espejo del pasado.
—Pero eso no explica por qué…
—La explica —la cortó él, acercándose con paso decidido—. Hace treinta años, durante un viaje de negocios a Guadalajara, cometí una infidelidad. Una noche. Una sola noche con una mujer cuya cara ya ni recuerdo bien. Pero ella me recordó el día siguiente que iba a ser padre, y que su honestidad le impedía aceptar dinero para desaparecer.
Valentina dejó escapar un gasping ahogado.
—¿Usted quiere decir que yo…?
—Que usted puede ser mi hija —completó Don Ricardo, sintiendo que las palabras le quemaban la lengua—. Esa fecha, ese lugar, esa conexión inexplicable… No hay coincidencias en esta vida, Valentina. El destino nos ha reunido por alguna razón.
Don Ricardo sacó su teléfono y marcó un número con manos temblorosas.
—¿Doctor Valdés? Necesito un examen de ADN urgente. Sí, con mi nombre completo en la petición. Y también el de una joven llamada Valentina Ruiz.
Mientras colgaba, miró a la joven que seguía paralizada en medio de la biblioteca, con los brazos colgando inertes a los lados y lágrimas rodando silenciosamente por sus mejillas.
—¿Qué pasa si el resultado da positivo? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Entonces tendremos que hablar de muchas cosas. De un testamento, de una herencia, de una familia que nunca supo que existía.
—¿Y si da negativo?
Don Ricardo sostuvo su mirada por un largo momento.
—Entonces el destino se habrá equivocado por primera vez en la historia. Pero te lo advierto, Valentina: yo he construido mi fortuna con una sola regla —la miró fijamente—. Nunca creo en las casualidades.
La tormenta que se había estado formando afuera finalmente rompió, con un trueno que sacudió los cristales de la mansión. Como si el cielo mismo quisiera ser parte de ese momento.
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