Lo que apenas alcanzaste a leer se queda corto, porque lo verdadero no era el abandono, sino lo que hizo ella después, y aquí es donde por fin lo vas a saber.
"Señorita, ¿le retiramos los platos o prefiere que le guardemos la mesa principal?"
Valeria no levantó la vista del mantel. Tenía frente a ella una vajilla intacta, un centro de mesa con rosas blancas que empezaban a inclinarse, y un silencio que pesaba más que cualquier insulto. Afuera, en el estacionamiento del salón Los Almendros, todavía se escuchaba el motor de un carro que se alejaba, y ese motor era el de su novio.
El hombre que todos creían perfecto
Hay que empezar por el principio, porque para entender lo que pasó esa noche a las ocho y veinte de la tarde hay que entender quién era Andrés Rincón ante los ojos de todo el mundo.
Andrés era de esos hombres que entran a un lugar y la gente se acomoda sola. Alto, de voz grave, siempre con la camisa impecable y una palabra amable en la boca. En el pueblo de San Jerónimo lo querían. En la empresa donde trabajaba lo respetaban. En la familia de Valeria lo adoraban.
"Ese muchacho es un santo", decía la tía Rosario cada vez que lo veía llegar con un pan de la panadería El Trigal.
Y era cierto que Andrés hacía cosas buenas. Le ayudaba a la mamá de Valeria con los mandados. Le arreglaba la llanta al papá. Le llevaba chocolates a la sobrina pequeña cada vez que iba a la casa. Cinco años de noviazgo, dos de ellos viviendo juntos, y ni una sola vez alguien en la familia lo había visto alzar la voz.
Eso era lo que todos veían. Lo que nadie veía era otra cosa.
Valeria sí la veía. La había visto desde hacía tiempo, aunque se la había tragado con azúcar para no tener que masticarla. Los silencios de Andrés cuando ella le contaba cosas importantes. La manera en que revisaba el celular escondiendo la pantalla. Las noches en que llegaba con un olor a perfume que no era el de ella.
Pero cuando una mujer lleva cinco años construyendo un futuro con un hombre, aprende a no hacer preguntas cuya respuesta puede derrumbar el edificio entero.
"¿Ya tienes el vestido?", le preguntó su mamá por teléfono, una semana antes de la boda.
"Ya lo tengo, mami. Es el que te mostré."
"¿Y estás segura, hija? ¿Estás segura de todo?"
Valeria se quedó callada tres segundos.
"Sí, mami. Estoy segura."
No estaba segura de nada. Pero faltaban siete días, y el papá había pagado ya la mitad del salón, y la lista de invitados tenía doscientos cuarenta nombres, y era más fácil casarse que explicarle a todo un pueblo por qué se echaba para atrás.
La noche que todo el mundo había esperado
La boda se programó para un sábado de mayo. El salón Los Almendros tenía capacidad para doscientas cincuenta personas, y el papá de Valeria, don Ernesto, había insistido en pagar todo de su bolsillo.
"No es un gasto, es una inversión", decía él cada vez que su esposa le mencionaba lo caro que estaba todo. "Mi hija se casa una sola vez."
Don Ernesto había cotizado con tres banquetes distintos y se había decidido por el más completo. Doscientos platos fuertes, doscientos postres, barra libre de refrescos, mariachi por dos horas y un DJ para el resto de la noche.
"Son doscientos platillos exactos", le había dicho el dueño del salón, un señor bajito llamado Mauricio, con una libreta en la mano. "Ni uno más, ni uno menos. Así lo dejamos apuntado."
"Perfecto", dijo don Ernesto, y firmó el cheque sin que le temblara la mano.
La fecha quedó grabada. El 14 de mayo, a las siete de la noche, Valeria Ramírez se iba a convertir en Valeria Rincón.
El día llegó con un sol limpio y un calor suave que ni siquiera obligó a encender el aire acondicionado antes del mediodía. Valeria se levantó temprano. Se bañó. Se dejó hacer el peinado por una estilista que había venido desde la ciudad. Se puso el vestido blanco, de encaje fino, con una cola que apenas rozaba el suelo.
Cuando se vio al espejo, se quedó quieta un momento largo.
"No llorés ahora", le dijo su hermana, parada detrás de ella con un pañuelo en la mano. "Si llorás ahora, después no vas a tener lágrimas para la ceremonia."
Valeria no lloró. Sonrió. Se puso los aretes que su abuela le había dejado antes de morir. Y salió al pasillo de la iglesia con el brazo de su papá.
Andrés ya estaba en el altar. Vestido de gris, con una flor blanca en el saco, y una sonrisa que a cualquiera le habría parecido la de un hombre feliz.
La ceremonia duró cuarenta minutos. Los votos fueron breves. El padre Mateo, que los había casado a los dos cuando eran niños con la primera comunión, les dio la bendición con la voz entrecortada. Toda la iglesia aplaudió cuando se dieron el primer beso como esposos.
Todo salió bien. Demasiado bien, quizás.
Porque las cosas que salen demasiado bien a veces están guardando su golpe para el momento exacto en que uno baja la guardia.
La recepción que empezó perfecta
El salón Los Almendros estaba decorado con manteles color champán y centros de rosas blancas sobre espejos pequeños. Cada mesa tenía su número, su nombre y su silla asignada. Las luces bajaron a las ocho. El mariachi entró con "El Rey" y la gente se paró a bailar.
Valeria y Andrés abrieron la pista con un vals que a ella le había costado una semana de clases. Andrés la sostenía con la mano firme, le sonreía, le decía cosas bajito al oído.
"Te ves hermosa."
"Gracias."
"Estoy cansado. ¿Podemos irnos pronto?"
Esa frase fue la primera señal. Valeria no le dio importancia. Pensó que era el cansancio de los nervios, de la ceremonia, del calor.
"No tan pronto, mi amor. Es nuestra fiesta. La gente vino a vernos."
Andrés no dijo nada más. Bailaron el segundo vals en silencio.
A las ocho y diez, él le dijo que iba al baño. Valeria se quedó en la mesa principal, entre su mamá y su suegra, tomando un sorbo de agua.
A las ocho y quince, él no había vuelto. Ella le mandó un mensaje.
"¿Todo bien?"
Nada.
A las ocho y diecisiete, le mandó otro.
"Andrés, ¿dónde estás?"
Nada.
A las ocho y diecinueve, salió de la mesa principal con la excusa de ir a revisar el pastel. En el pasillo, se topó con un muchacho del salón que venía corriendo.
"Señora, ¿usted no ha visto al novio?"
"¿Por qué?"
"Es que… se fue. Agarró el carro y se fue. Yo lo vi bajar por la rampa."
Valeria se quedó quieta. El vestido blanco se le hizo de pronto pesado.
"¿Cómo?"
"Se fue, señora. Se fue hace como cinco minutos."
Valeria respiró. Y en ese segundo, en ese segundo exacto, se le ordenó la vida entera en la cabeza. Los silencios. Los mensajes escondidos. El perfume. Los cinco años. Los doscientos platillos. Su papá firmando el cheque sin que le temblara la mano.
Supo, sin que nadie se lo dijera, que Andrés no iba a volver.
El teléfono que nunca sonó
Valeria sacó su celular. Marcó el número de Andrés. Timbres. Timbres. Buzón.
Marcó otra vez. Buzón.
Le mandó un mensaje.
"¿Dónde estás?"
Nada.
Salió al estacionamiento. El carro de Andrés no estaba. Su lugar estaba ocupado por un sedán azul de un invitado que había llegado tarde. El guardia de seguridad del salón se acercó.
"Señora, ¿le pasó algo?"
"¿Usted lo vio salir?"
"Sí, se fue rápido. No me dijo nada. Se fue por la avenida."
Valeria se quedó parada frente al estacionamiento durante lo que le pareció media hora. Fueron quizás dos minutos.
Volvió a entrar al salón. En la pista, el mariachi seguía tocando "Hermoso cariño". En la mesa 5, unos primos se reían a carcajadas. En la mesa 12, la abuela de Andrés le pedía a la mesera un café con leche.
Nadie sabía nada. Todavía.
Valeria se acercó a su amiga de toda la vida, Camila, que estaba sirviéndose un vaso de refresco en la barra.
"Cami."
"¿Qué pasó? ¿Por qué tienes esa cara?"
"Andrés se fue."
Camila soltó el vaso. El refresco se regó sobre el mantel de la barra.
"¿Cómo que se fue?"
"Agarró el carro y se fue. No contesta el celular. No sé a dónde va ni por qué."
Camila la agarró del brazo y la llevó a un rincón, junto a la puerta de la cocina. Le puso las dos manos sobre los hombros.
"Val, tienes que irte. Tienes que irte ya. Antes de que la gente se dé cuenta. Antes de que empiecen los chismes. Tienes que irte por la puerta de atrás con tu mamá y conmigo, y mañana tú resuelves lo que tengas que resolver."
Valeria la miró.
"¿Irme?"
"Sí. Si te quedas, todo el pueblo va a hablar. Si te vas ahora, puedes decir que te sentiste mal, que fue algo del estómago, lo que sea. Puedes salvar tu dignidad."
Valeria se soltó del brazo de Camila.
"Cami, Andrés se fue. Eso ya pasó. No puedo deshacerlo. Y si me voy, ¿qué? ¿Dejo que mi papá pierda todo el dinero que pagó? ¿Dejo que doscientos platos se vayan a la basura?"
"Val, por favor…"
"No, Cami. Ya no."
Valeria se acomodó el vestido. Se pasó una mano por el cabello. Y caminó, con la espalda recta, directo hacia la mesa principal.
La decisión que nadie esperaba
El dueño del salón, Mauricio, venía hacia ella con una libreta abierta en la mano. Tenía la cara de alguien que ya sabía lo que había pasado y no sabía cómo decirlo.
"Señorita Valeria, me acaban de informar que el señor Andrés…"
"Mauricio."
"Sí, señorita."
"Sirva la cena."
Mauricio se quedó quieto.
"¿Cómo dice?"
"Que sirva la cena. Los doscientos platos. Todos. Ahora mismo."
"Señorita, pero el novio…"
"El novio se fue. Yo me quedé. Papá costeó doscientos platillos y no voy a desperdiciar nada por ese cobarde."
El salón se quedó en silencio. No todo el salón. Solo la gente que estaba cerca de la mesa principal. Pero el silencio se fue extendiendo como una mancha, de mesa en mesa, hasta que hasta el mariachi bajó el volumen de la trompeta.
Camila la alcanzó.
"Val, no hagas esto. Te van a hacer burla. Te van a señalar. Te van a decir cosas horribles."
Valeria se sentó en la silla de la novia, la que estaba en el centro de la mesa principal.
"Van a criticar me quede o me vaya. Mejor que cuenten que la novia exigió su postre."
Nadie dijo nada. Camila se le sentó al lado, con los ojos llenos de lágrimas y la boca abierta.
Mauricio hizo una señal a los meseros. En menos de diez minutos, la cocina empezó a trabajar como si fuera el primer plato del día.
La cena de la novia sola
La primera bandeja salió a las ocho y cuarenta y cinco. Arroz con camarones, lomo en salsa de champiñones, ensalada de la casa. Los meseros comenzaron a repartir los platos en cada mesa, y la gente, sin saber qué hacer, empezó a comer.
Algunos por educación. Algunos por hambre. Algunos por morbo, porque querían ver qué iba a hacer la novia abandonada.
Valeria comió.
Se llevó el primer bocado de arroz a la boca con el tenedor, y masticó despacio. Tenía el estómago cerrado, como si algo dentro de ella se hubiera apretado, pero comió. Y después se llevó el segundo bocado. Y el tercero.
En la mesa 3, un primo de Andrés se levantó y se fue. En la mesa 7, una señora comentó algo en voz baja y su acompañante le dijo que se callara. En la mesa 12, la abuela de Andrés le preguntó a la mesera por qué su nieto no estaba en la mesa.
"Señora, no sé nada", dijo la mesera.
En la mesa principal, doña Marta, la mamá de Valeria, se acercó a su hija por detrás y le puso la mano en el hombro.
"Hija."
"Sí, mami."
"¿Estás bien?"
"No."
"¿Quieres que nos vayamos?"
"No, mami. Siéntate. Come. Está rico."
Doña Marta se sentó. Se sirvió un poco de ensalada. Tenía los ojos rojos pero no lloró. Los dos, madre e hija, comieron en silencio durante un minuto. Después doña Marta agarró la mano de su hija y se la apretó.
"Ese hombre no te merecía."
"Lo sé, mami."
"Y tu papá pagó esto con gusto, ¿oyes? Con gusto. No porque él creyera en Andrés. Porque él creía en ti."
Valeria cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya tenía las lágrimas controladas.
Don Ernesto, desde el otro extremo de la mesa, levantó su copa de refresco.
"Por mi hija", dijo, con la voz firme.
La mesa entera levantó las copas. Valeria levantó la suya. Y tomó un sorbo largo.
El rumor que corrió más rápido que el postre
A las nueve y cuarto, ya todo el salón sabía lo que había pasado. El rumor había corrido de mesa en mesa como un reguero de pólvora. Algunos lo contaban con escándalo. Otros con lástima. Otros con una admiración que no se atrevían a decir en voz alta.
"¿Y se quedó?"
"Se quedó. Todavía está ahí sentada."
"Dios mío, qué valiente."
"Valiente o loca. Una de dos."
En la mesa 9, tres primas de Valeria se levantaron a bailar. Lo hicieron sin música, porque el DJ había bajado todo, pero bailaron. En la mesa 15, un tío de Andrés se acercó a don Ernesto y le dijo algo al oído. Don Ernesto lo escuchó sin moverse y después le contestó con dos palabras. El tío se fue sin decir nada más.
A las nueve y veinte, Mauricio se acercó a la mesa principal con un plato en la mano.
"Señorita Valeria."
"Sí."
"El postre que contrató su papá era flan napolitano con nuez. Ya está listo. ¿Se lo saco a todos?"
"Sácalo a todos, Mauricio. Y a mí me traes el mío primero."
Mauricio asintió y se fue. Volvió cinco minutos después con un plato de flan decorado con una hoja de menta y un hilo de caramelo.
"Señorita, esto va aparte."
"¿Aparte?"
"El chef lo hizo extra. Dice que para la novia siempre hay un postre especial."
Valeria miró el plato. Se rio por primera vez en dos horas.
"Dile al chef que gracias."
Mauricio se quedó parado junto a la mesa un momento. Después, bajando la voz, le dijo:
"Señorita, ¿me permite una cosa?"
"Diga."
"Usted no debería esconderse. Esta noche es suya. Su papá pagó por esto, usted se puso ese vestido, y esta gente vino a verla a usted. No al señor Andrés. A usted."
Valeria lo miró. Mauricio tenía cincuenta y tantos años, canas en las sienes y un delantal blanco impecable.
"¿Y qué hago, Mauricio? ¿Bailo sola?"
"¿Me permite bailar con usted?"
Valeria se quedó quieta.
"Solo un baile. Como gesto. Para que la gente entienda que esto no se ha terminado. Que la fiesta sigue."
Camila, al lado, tenía los ojos abiertos como platos.
"Val, mi amor, no tienes que…"
"¿Por qué no?", dijo Valeria.
Se levantó.
El baile que nadie esperaba
Valeria se puso de pie en la mesa principal. Se alisó el vestido. Se pasó la mano por el cabello. Y le extendió la mano a Mauricio.
Mauricio le tomó la mano y la llevó al centro de la pista. El DJ, que había estado con la música apagada, no entendió al principio. Alguien le hizo señas desde la barra. Y entonces, sin saber bien por qué, puso una cumbia.
La gente se quedó mirando. Valeria y Mauricio empezaron a bailar. Él no bailaba muy bien. Tenía los pies grandes, y le pisó el vestido un par de veces. Pero Valeria se reía.
Se reía de verdad, con la cabeza hacia atrás, como no se había reído en meses.
En la mesa 1, doña Marta se levantó y aplaudió. En la mesa 5, los primos se levantaron y empezaron a aplaudir también. En la mesa 12, la abuela de Andrés le preguntó a la mesera qué estaba pasando.
"Están bailando, señora."
"¿Quién?"
"La novia."
"¿Con quién?"
"Con el mesero."
La abuela se quedó un segundo en silencio. Después dijo:
"Qué bueno. Ese muchacho nunca la mereció."
Y esa frase, contada por una mesera al día siguiente, se convirtió en la frase que el pueblo repitió durante meses. La abuela de Andrés, la del mismo apellido del novio que se había fugado, había dicho que su propio nieto no la merecía.
A las nueve y cuarenta, don Ernesto se levantó de la mesa y fue al centro de la pista. Le tocó el hombro a Mauricio.
"¿Me presta a mi hija?"
Mauricio se hizo a un lado. Don Ernesto tomó a Valeria por la cintura y bailaron un bolero, "Somos novios", que era la canción que le cantaba a su hija cuando era niña.
Valeria lloró.
Lloró sin dejar de bailar, con la cara pegada al hombro de su papá, mientras todo el salón la miraba y algunos también lloraban y otros aplaudían.
"Papá."
"Sí, mi amor."
"Perdóname por hacerte gastar tanto."
"No digas eso. Yo pagué porque quería verte feliz. Y te estoy viendo feliz. Aunque sea raro. Aunque sea así."
"¿Así cómo?"
"Así. Bailando conmigo en lugar de con él. Pero bailando. Eso es lo que importa."
Lo que pasó después de la última canción
La fiesta terminó a la medianoche. No fue la boda que Valeria había soñado. Fue otra cosa. Fue más extraña, más triste, y también más verdadera.
La gente se fue acercando a despedirse de ella. Algunos con abrazos largos. Algunos con un apretón de manos. Algunos con la mirada baja, sin saber qué decir.
Su tía Rosario, la que siempre decía que Andrés era un santo, se acercó antes de irse.
"Valeria."
"Sí, tía."
"Me equivoqué contigo. Toda la vida te vi como la niña que hacía lo correcto. Y esta noche hiciste lo correcto de verdad. No lo que los demás esperaban. Lo que tú necesitabas."
Valeria la abrazó.
La suegra de Andrés también se acercó. Doña Beatriz, con el bolso en la mano y la cara desencajada.
"Valeria, yo no sé qué decirte. Mi hijo…"
"No tiene que decirme nada, doña Beatriz. Lo que él hizo, no es culpa suya."
"Lo siento mucho. De verdad."
"Yo también lo siento. Pero no por mí. Por él. Porque se perdió la mejor noche de su vida."
Doña Beatriz bajó la cabeza y se fue sin decir nada más.
Cuando el salón quedó casi vacío, Mauricio se acercó con una caja de plástico.
"Señorita, le guardé unos platos. Por si mañana tiene hambre."
Valeria se rio.
"Gracias, Mauricio."
"Y le guardé el flan."
"¿El mío?"
"El suyo. El que hizo el chef."
Valeria tomó la caja. Estaba tibia todavía.
"¿Puedo preguntarle algo, Mauricio?"
"Dígame."
"¿Usted por qué me sacó a bailar?"
Mauricio se quedó pensando. Se rascó la cabeza.
"Porque cuando mi hija se casó, hace ocho años, yo estaba tan nervioso que no le hablé a nadie en toda la noche. Y al día siguiente me arrepentí. Yo creo que las noches así no se repiten. Y usted se merecía algo bonito en medio de todo esto. Aunque fuera un baile con un mesero."
Valeria lo abrazó. Mauricio se quedó quieto un segundo y después le dio dos palmaditas en la espalda.
"Cuídese, señorita."
"Cuídese usted, Mauricio."
La mañana siguiente
Valeria se despertó en la casa de sus papás a las nueve de la mañana, todavía con el vestido al lado de la cama, colgado de la puerta del closet.
Tomó el celular. Cincuenta y tres mensajes sin leer. Todos hablando de lo mismo.
Diecisiete llamadas perdidas. Ninguna de Andrés.
Abrió el último mensaje de Andrés, que había llegado a las doce y cuarenta y cinco de la noche.
"Val, lo siento. No puedo explicarlo. Necesito tiempo. Voy a estar en la casa de mi hermano en Medellín unos días. Perdóname."
Valeria leyó el mensaje tres veces. Después lo borró.
Abrió la caja del flan que le había guardado Mauricio y se lo comió en la cama, con una cuchara de la cocina, mientras su mamá le llevaba un café.
"¿Qué vas a hacer?", le preguntó doña Marta.
"Todavía no sé. Pero algo voy a hacer. Algo bueno."
"¿Y él?"
"Él ya no es mi problema, mami. Él se fue a las ocho y diez de la noche del sábado. Yo todavía estoy aquí."
Doña Marta le acarició el cabello y se fue a la cocina sin decir nada más.
Valeria comió el último bocado del flan. Lo dejó en la mesita de noche. Y por primera vez en cinco años, sintió que podía respirar.
Lo que el pueblo contó
Pasaron tres semanas. Valeria no volvió a saber de Andrés hasta que llegó la carta del abogado, un sobre blanco con un remitente que no reconoció.
Le ofrecía una separación de mutuo acuerdo. Sin nada a cambio. Sin explicación.
Valeria firmó los papeles en dos días.
En el pueblo, la historia se contó de muchas maneras. Unos dijeron que Andrés se había ido con otra mujer. Otros dijeron que había tenido miedo. Otros decían que nunca la había querido. Nadie supo la verdad, porque la verdad se la llevó él y no la devolvió nunca.
Lo que sí se contó y se siguió contando fue la otra parte. La de la novia que se quedó. La de la novia que exigió su postre. La de la novia que bailó con el mesero.
En la panadería El Trigal, un cliente le preguntó al panadero si era cierto que la hija de don Ernesto había cenado sola en su boda.
"Cierto", dijo el panadero.
"¿Y no le dio pena?"
"Pena le habría dado a él, si hubiera tenido el valor de quedarse a verla."
En la peluquería de la esquina, una señora le preguntó a la estilista si la novia estaba bien.
"Está mejor que nunca. La vi el domingo en la feria. Iba con una blusa nueva y una sonrisa que no le había visto en años."
En la mesa 12, la abuela de Andrés le confesó a su hija que le daba gusto cómo había salido todo.
"Mamá, ¿cómo le va a dar gusto que el muchacho haya hecho esa locura?"
"Me da gusto que la muchacha no se haya dejado aplastar. Yo a esa edad no tuve ese valor. Ella sí."
Un mes después, la mesa 12
Un mes después de la boda, Valeria volvió al salón Los Almendros.
No fue por casualidad. Fue con una intención. Mauricio la recibió en la puerta con una sonrisa.
"Señorita Valeria."
"Mauricio."
"¿Cómo está?"
"Bien. Vengo a hacer una cosa."
"¿Ah, sí?"
"Quiero hacer una cena. Aquí. Para la gente que se quedó conmigo esa noche."
Mauricio se quedó quieto.
"¿Cuántos?"
"Cuarenta. Los que se quedaron hasta el final. Los que bailaron conmigo. Mi familia. Usted."
Mauricio se rio.
"¿Yo?"
"Usted. Sentado, esta vez. No sirviendo."
"Señorita, yo no puedo…"
"Sí puede, Mauricio. Al menos una vez, usted también se merece una mesa."
Mauricio se pasó la mano por la cara. Tenía los ojos brillantes. No dijo nada. Solo asintió.
La cena se hizo tres semanas después. No fue una boda. Fue una cena de agradecimiento. Valeria pagó de su bolsillo, con el dinero que había empezado a ganar en un trabajo nuevo que había conseguido en la ciudad.
En la mesa principal, en el mismo lugar donde había comido sola el día de su boda, se sentó con su papá a la derecha y Mauricio a la izquierda. En el centro, un plato de flan napolitano con una hoja de menta y un hilo de caramelo.
Cuando todos estaban sentados, don Ernesto levantó su copa.
"Por mi hija", dijo. "La mujer más valiente que conozco."
Valeria levantó la suya.
"Por todos ustedes. Por los que se quedaron. Por los que me vieron comer sola y no se rieron. Y por Mauricio, que me sacó a bailar cuando yo no sabía si podía pararme."
Mauricio se puso rojo como un tomate.
La gente aplaudió. Y después alguien puso música. Y Valeria, otra vez, con la misma cabeza en alto, se paró y bailó. Pero esta vez no bailó con nadie. Bailó sola. Y no le dio miedo. Y no se escondió.
Y cuando sonó la última canción, la que había sido la primera canción de su boda, Valeria no se acordó de Andrés. Se acordó de ella misma, parada frente al espejo, con los aretes de su abuela y el vestido de encaje, sin saber todavía que iba a tener que bailar sola para poder volver a bailar con alguien.
El pueblo siguió contando la historia durante mucho tiempo. Y en cada versión, la frase se repetía, y la repetían las señoras en el mercado, los muchachos en la esquina, la abuela de Andrés en su mecedora, la tía Rosario cada vez que le preguntaban, y el propio Mauricio cuando alguien nuevo llegaba al salón Los Almendros y preguntaba por qué había una foto de una novia sola colgada en la pared de la oficina.
"Van a criticar me quede o me vaya. Mejor que cuenten que la novia exigió su postre."
Y así lo contaron. Así lo siguen contando. Y así lo contarán, cada vez que una mujer en el pueblo se pare frente a un espejo, con la vida a medias y el miedo encima, y decida, contra todo pronóstico, quedarse a comer su propio postre.




