Estás en la parte 2: la historia continúa exactamente donde se detuvo, y ahora las cosas se van a poner mucho más interesantes.
—¿Qué dijiste? —La voz del líder sonó tensa, incrédula.
El joven asaltante, el que había estado a punto de llorar mientras arrancaba los collares de las vitrinas, dio un paso más hacia doña Carmen. Sus manos aún temblaban, pero su mirada ya no era la de un criminal, sino la de un niño atrapado en una pesadilla.
—Dije que es mi abuela —repitió, con la voz quebrada—. Ella me crió desde que tenía seis años. Cuando mi madre nos abandonó, ella me llevó a su casa, me dio de comer, me enseñó a leer…
El líder lo miró con una mezcla de furia y desprecio.
—¿Me estás diciendo que la vieja que nos está apuntando es tu familia? ¿Y que no me lo dijiste antes?
—Yo… yo no sabía que ella vendría hoy. Ella nunca viene a esta hora. Ella siempre viene por las tardes.
Doña Carmen no bajó la pistola, pero sus ojos se humedecieron.
—¿Martín? —preguntó en un susurro apenas audible—. ¿Martín, eres tú?
El joven tragó saliva. Tenía la cara pálida, sudorosa, y un tic nervioso le hacía temblar la comisura de los labios.
—Sí, abuela. Soy yo.
La revelación cayó como un mazazo sobre todos los presentes. Los otros asaltantes intercambiaron miradas de desconcierto. El hombre de traje azul, aún en el suelo, levantó la cabeza para no perderse detalle. La mujer joven dejó de llorar por un instante.
—Pero… ¿qué estás haciendo, Martín? —la voz de doña Carmen ahora tenía un temblor que antes no estaba—. ¿Qué te pasó? Tú no eras así. Tú estudiaste, tú tenías un trabajo en la construcción…
—Me despidieron, abuela. Hace tres meses. Y no encontraba nada más. Y la deuda con los prestamistas…
Se detuvo, mordiéndose el labio. Las lágrimas le estaban ganando la batalla al valor que había intentado fingir.
—Yo no quería esto, abuela. Te lo juro. Pero no tenía manera de pagar. Me iban a matar.
El líder de la banda escupió al suelo con desprecio.
—¡Ya decía yo que este no servía para nada! —gruñó, apuntando al joven con su pistola—. Ahora resulta que el mariconcito tenía remordimientos. ¡Pero eso no cambia nada! ¡Ese botín es nuestro!
Doña Carmen mantuvo la pistola firmemente apuntada al pecho del líder, pero sus ojos no se despegaban de su nieto.
—Martín, escúchame —dijo, con una calma que sorprendió incluso a los clientes—. Tú no eres un criminal. Eres un muchacho que cometió un error. Pero si sales por esa puerta con ellos, tu vida se va a arruinar. Para siempre. No vas a poder volver atrás.
—¡Abuela, no entiende! —exclamó Martín, con la voz desgarrada—. ¡Estos tipos me van a matar si no regreso con el botín! ¡Me amenazaron con quemar su casa!
El líder soltó una risa que heló la sangre de todos.
—Y lo vamos a hacer, vieja. Si lo que dices es cierto, sabemos dónde vives. Así que baja esa pistola y pide por tu vida.
La tensión en la habitación alcanzó un punto casi insoportable. El líder se movió hacia un lado, sacando a Martín de la línea de fuego, mientras el hombre de la cicatriz comenzó a rodear a doña Carmen por la izquierda.
—Cuidado, no se acerquen —dijo ella, moviendo la pistola entre los dos hombres.
—Es una vieja con una pistola de juguete —se burló el de la cicatriz—. Esa cosa ni siquiera debe funcionar.
—¿Quieres comprobarlo? —preguntó doña Carmen, con una firmeza que hizo dudar al hombre.
En ese momento, el gerente de la joyería, que seguía arrodillado detrás del mostrador, empezó a moverse sigilosamente hacia un botón escondido debajo de la caja registradora. Un botón que estaba conectado directamente a la estación de policía más cercana.
Pero el líder lo vio.
—¡Hey! —gritó, girando la pistola hacia el gerente—. ¡Quédate quieto o te voy a volar la cabeza!
El gerente se congeló, con la mano a medio camino del botón. Pero doña Carmen aprovechó ese instante de distracción para moverse un par de pasos hacia atrás, posicionándose cerca de la puerta trasera del local.
—Escuchen todos —dijo, con una voz que ya no sonaba a anciana indefensa—. Estoy a punto de llamar a la policía. Tengo un botón de pánico en el bolso, y no me va a dar miedo usarlo. Así que van a hacer una cosa: van a dejar las bolsas, van a soltar a los rehenes y van a salir caminando por esa puerta. ¿Lo entendieron?
El líder la miró con odio, pero también con un dejo de respeto involuntario.
—¿Y qué me garantiza que no vas a llamar a la policía apenas salgamos?
—Nada —respondió doña Carmen—. Pero les garantizo una cosa: si no salen ahora mismo, la primera bala que disparo va a ser a las piernas del de la serpiente. Y la segunda, a las suyas. Quizás no les dé en el corazón, pero seguro les dejo una cojera que les va a recordar este día para siempre.
El silencio que siguió fue absoluto.
Y entonces, ocurrió lo que nadie esperaba.
El líder bajó la pistola lentamente, con una sonrisa que no era de triunfo, sino de resignación.
—Tiene razón, vieja. Este día ya me lo voy a recordar para siempre.
Y en ese instante, en un movimiento que nadie pudo prever, colocó el cañón de su pistola contra su propia sien y gritó:
—¡Pero si me llevo, me llevo a todos conmigo!
Un alarido colectivo retumbó en la joyería. La mujer joven se arrojó al suelo. El hombre de traje azul cerró los ojos. El gerente se agarró la cabeza.
Solo doña Carmen permaneció de pie, con la pistola firmemente apuntada, y en sus ojos brillaba una decisión que ni siquiera ella sabía que tenía.
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