Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora. ¿Qué harías tú si todo lo que amas estuviera a punto de ser arrebatado por alguien que nunca te quiso?
La puerta de la casa se cerró de golpe, y el eco recorrió cada rincón de la sala como un presagio. Don Rogelio, con el rostro encendido por la rabia, apuntó con el dedo índice hacia la puerta principal.
—¡Ya escuchaste, muchacho! Recoge tus cosas y lárgate de aquí. Esta casa no es tuya y nunca lo fue.
Andrés, de apenas veintidós años, permaneció inmóvil. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar desde el velorio de su madre, pero ahora, frente a la amenaza, no salió ni una sola lágrima más. Algo en su interior se había congelado.
—Don Rogelio —dijo con voz firme, aunque apenas le salía el aire—. Mi mamá apenas lleva tres días de haber partido. ¿No le duele hacer esto ahora mismo?
El padrastro soltó una risa seca, de esas que no llevan ninguna gracia.
—¿Que me duela? Yo no soy tu padre, Andrés. Yo aguanté a tu madre todos estos años, pero ahora que ella no está, no tengo por qué aguantarte a ti. Tienes hasta el atardecer para salir de mi casa.
—¿Su casa?— Andrés arqueó una ceja, y por primera vez desde el funeral, algo parecido a la fuerza se asomó en su mirada.
Don Rogelio dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos. Vestía una camisa beige arrugada, de esas que usaba para andar en el taller, y sus manos callosas temblaban ligeramente. Pero no de miedo. De impaciencia.
—Sí, mi casa. Yo fui quien la compró.
—No es cierto —lo cortó Andrés, dando un paso al frente él también—. Mi mamá pagó esta casa durante quince años. Usted llegó hace cinco.
El silencio que siguió fue espeso como miel vieja. Don Rogelio apretó la mandíbula y miró de reojo hacia la calle, como si buscara testigos que le dieran la razón.
—¿Y quién te va a creer a ti, eh? ¿Quién le va a hacer caso a un chamaco sin oficio?— dio otro paso, ahora más cerca, con el dedo de nuevo apuntando al pecho de Andrés—. Yo soy el esposo. La ley me ampara.
Andrés sintió el corazón golpeándole las costillas. Por un instante, el miedo quiso ganarle, ese miedo que lo había acompañado desde niño, cuando aprendió a callar para no molestar al nuevo hombre de su madre. Pero algo diferente pasó esta vez. Recordó las palabras que su mamá le repitió hasta el final, aquella noche en la clínica, cuando ya no podía levantarse de la cama.
—Hijo, cuando yo falte, no le tengas miedo a nada. Yo dejé todo en orden. Todo.
Aquella frase, que en su momento sonó a consuelo de enferma, ahora resonaba con otro significado.
—Don Rogelio —dijo Andrés, y esta vez su voz no tembló—. Mi mamá me pidió que le diera esto si algún día usted intentaba sacarme de aquí.
Metió la mano a la bolsa de lona que cargaba desde la mañana, esa que su madre le había dado con tanta insistencia que él pensó que era solo ropa usada. Sacó un sobre color manila, un poco maltratado, con el sello de una notaría.
Don Rogelio entrecerró los ojos.
—¿Y eso qué es?
—¿No quiere verlo?— Andrés sostuvo el sobre a la altura del pecho, sin soltarlo—. Es la respuesta a la pregunta que usted no se atrevió a hacer en el funeral.
El padrastro estiró la mano para tomarlo, pero Andrés la retiró.
—Primero quiero que sepa algo, don Rogelio. Yo aguanté sus humillaciones por amor a mi mamá. Usted nunca me aceptó, y yo lo sabía. Pero a ella la respeté hasta el último día.
—¿Me vas a dar una lección tú a mí?— bufó el hombre, y su voz sonó como un trueno que retumbó en la sala.
—No, no voy a darle ninguna lección. Eso lo hará este papel.
Andrés finalmente extendió el sobre. Don Rogelio lo tomó con desconfianza, lo abrió sin cuidado, rompiendo un poco el sello. Adentro había un documento de varias hojas, grapadas en la esquina superior izquierda, con un logo de una notaría del centro de la ciudad.
El padrastro empezó a leer en silencio, moviendo los labios como quien deletrea. Sus cejas, pobladas y grises, se fueron frunciendo poco a poco. La primera página pasó rápido. La segunda, más lento. En la tercera, se detuvo un buen rato, y el color de su rostro cambió de rojo encendido a un pálido grisáceo que asustó a Andrés.
—Esto… ¿esto qué es?— balbuceó, y por primera vez desde que empezó la discusión, su voz sonó quebrada.
—La última voluntad de mi mamá —respondió Andrés, cruzando los brazos—. La que usted nunca quiso escuchar porque creía que mi mamá no tenía cómo defenderme.
Don Rogelio levantó la vista del papel. Sus ojos parecían vidrio a punto de romperse.
—Esto no puede ser legal. Tu madre… tu madre no podía hacer esto sin mi consentimiento.
—Mire la fecha, don Rogelio. Mire la firma, y mire el sello de la notaria. Todo está en regla. Todo es legal.
El hombre volvió a mirar el documento, pero esta vez sus manos temblaban. Las hojas se movían con el temblor, inestables, como él.
—El terreno… la casa…— alcanzó a decir.
—Es mía —completó Andrés, con una calma que lo sorprendió incluso a él—. La casa es mía. El terreno es mío. Todo lo que mi mamá trabajó durante años, ella decidió dejármelo a mí. Y usted no puede hacer nada al respecto.
Un silencio sepulcral llenó la sala. Afuera, el sol comenzaba a ocultarse detrás de los árboles del patio, formando sombras alargadas que parecían dedos acusadores.
Don Rogelio soltó el documento. Las hojas cayeron como hojas secas en otoño, de esas que nadie recoge porque ya no sirven para nada.
—Esto lo vamos a discutir en los tribunales —dijo, pero su tono ya no llevaba veneno. Era más bien el gruñido débil de un animal acorralado—. Yo puedo impugnar…
—Puede intentarlo —lo interrumpió Andrés, y se agachó a recoger los papeles con serenidad—. Pero mi mamá fue muy inteligente. Le dejo algo más en ese sobre, abajo. Mire la última hoja.
Don Rogelio, casi a regañadientes, movió la cabeza y volvió a mirar el documento que Andrés sostenía.
“Cláusula adicional: En caso de que el señor Rogelio Varela intente impugnar esta herencia, los costos legales serán cubiertos por el fondo fiduciario que se ha establecido a favor de mi hijo Andrés, y el señor Varela deberá responder ante las autoridades por la administración irregular de los bienes que se le confiaron durante mi enfermedad.”
Fue como si cada palabra fuera un golpe seco en el estómago del padrastro. Él sabía bien a qué se refería esa cláusula. Sabía de los depósitos que ella le pedía hacer cada mes, y de los que él nunca realizó. Sabía de las cuentas que se abrieron a su nombre, y de los retiros que justificó con gastos que nunca existieron.
—Usted no las hizo, ¿verdad?— Andrés lo miró directo a los ojos, y en su pecho, un dolor viejo encontró una salida—. Mi mamá confió en usted, y usted la robó mientras ella estaba enferma.
Don Rogelio abrió la boca para hablar, pero no salió ninguna palabra. Las manos le colgaban a los lados del cuerpo, inermes, vacías.
La intensidad del momento llenó la sala de una tensión casi palpable. Andrés sintió que sus piernas, por fin, dejaban de temblar. Dejó el documento sobre la mesa, como quien coloca la última carta de una partida ganada.
—Voy a recoger las cosas de mi mamá —dijo con voz apagada, pero dueña de sí misma—. Y también las mías. Y cuando regrese, quiero que ya no esté aquí. No sé cuándo vuelva, tal vez en una hora, tal vez en dos. Pero cuando vuelva, esta casa debe tener un solo dueño.
Don Rogelio no respondió. Miraba al suelo, donde quedaron los rastros de un papel que él había roto en su torpeza. Un papel que, sin embargo, ya había dicho todo lo que debía decir.
Andrés caminó hacia el cuarto de su madre, y por primera vez en su vida, cruzó esa puerta con la cabeza en alto.
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