Lazos que Unen

La súplica de la joven limpiadora al director: «Usted me robó la beca»

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Estás en la parte 2: la historia continúa exactamente donde la dejamos.

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Sofía siguió al director a través del pasillo semioscuro que conectaba la cancha con la zona administrativa. Sus pasos se oían en eco mientras pasaban carteles de logros deportivos, fotos de equipos ganadores, trofeos descoloridos en vitrinas de vidrio. Era como caminar por un museo de todas las derrotas y victorias que habían forjado a la institución.

El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en la garganta. Mil preguntas le daban vueltas como aspas: ¿y si el coordinador lograba convencer al director de que ella estaba mintiendo? ¿Y si todo había sido un malentendido? ¿Y si la castigaban por haber hecho un escándalo en plena cancha?

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—¿Es usted consciente de qué hora es? —escuchó una voz desde la recepción cuando cruzaron el umbral de la oficina.

Una mujer con lentes de pasta se levantó medio dormida de su escritorio. Era la recepcionista nocturna, doña Carmen, que siempre le caía bien a Sofía porque era de las pocas personas que la saludaban con sinceridad.

—Buenas noches, doña Carmen —saludó el director, y la mujer abrió los ojos como platos al reconocerlo—. ¿El coordinador Mendoza se encuentra en su oficina?

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—Ese mirlo está como siempre: encerrado en su despacho, tocando teclas hasta que se van todos —contestó la mujer, y luego bajó la voz—. Aunque hoy andaba más raro que de costumbre, que digamos. Hace rato me pidió que le avisara si venía alguien importante. Dijo que si llegaban, él no estaba.

El director lanzó una mirada a Sofía, y ambos comprendieron lo mismo: el tal Mendoza sabía algo.

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—¿Sabe qué? —dijo el director, cambiando su plan en cuestión de segundos—. No. No le diga que hemos llegado. Mejor esperamos afuera en lo que usted entra y le da este mensaje: que el director quiere verlo. Con urgencia. Aquí, en recepción.

Doña Carmen asintió, aún confusa, y desapareció por el pasillo interno con el mensaje encargado.

Sofía y el director guardaron silencio mientras esperaban. El reloj de pared marcaba las nueve y cuarenta y tres de la noche. Fuera, las luces de la ciudad encendían la noche con su brillo naranja. Adentro, una tensión como de película se acumulaba en el aire.

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Cinco minutos después, el sonido de pasos nerviosos se acercó por el pasillo. Un hombre de unos cincuenta años, corpulento, con una camisa blanca mal planchada, apareció al final del pasillo. Era Mendoza. Y en cuanto vio al director, acompañado de Sofía, su rostro pasó por una secuencia de emociones tan rápida que daba vértigo: sorpresa, pánico, y luego una máscara de desagrado.

—¡Directortor! —exclamó Mendoza, extendiendo la mano con una sonrisa demasiado amplia—. ¿Ya está de regreso? No habíamos recibido ninguna noticia de su llegada…

—El mensaje tuvo que esperar, Mendoza. Tenía que venir en persona para un asunto muy delicado. —El director no le estrechó la mano. Cruzó los brazos—. La señorita Ramírez aquí presente me dice que usted le informó que yo le había retirado su beca. ¿Puede explicarme eso?

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Mendoza parpadeó con rapidez, como un animal acorralado.

—Ah… eso… Es una situación administrativa, director. No sé qué versión le haya dado ella, pero siempre actúo con el mejor criterio…

—¡Mentiroso! —Sofía dio un paso al frente, con el puño apretando la carta contra su pecho—. Usted me dijo, palabra por palabra, que el director había ordenado mi degradación. Que no tenía nivel para competir. Que tenían que darme lecciones de humildad.

Mendoza soltó una risa forzada.

—La muchacha está confundida. Seguro quiere llamar la atención, hacerse la víctima, y no la culpo: es deportista, y los deportistas suelen tener egos demasiado grandes…

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—No me hable con evasivas —lo cortó el director, con una calma que hizo que hasta la recepcionista se quedara paralizada—. Los correos. Las cartas. Los informes. Todo lo que aparece en el sistema con mi firma durante mi ausencia… quien haya tocado un solo documento con mi nombre sin autorización, va a tener que rendir cuentas conmigo, y después con las autoridades deportivas.

El rostro de Mendoza palideció tres tonos. Sus dedos se retorcieron a los lados y su boca se movió sin emitir sonido por un par de segundos. Finalmente, atinó a decir con voz quebrada:

—Pero… director… yo nunca quise… yo solo seguí instrucciones de…

—¿De quién? —preguntó Sofía.

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Silencio denso. El coordinador miró hacia el suelo, hacia el techo, hacia las luces fluorescentes, hacia todos lados menos a los dos ojos que lo interpelaban.

—De la federación —murmuró al fin, tragando saliva—. A mí me ordenaron que apartara a algunos deportistas de ciertos torneos para «darle oportunidad a otros». Me dijeron que era política interna… que viniera de arriba… Y esta muchacha era la que más estaba rindiendo, pero también era la que más le estorbaba a cierta gente con ciertos intereses…

El director lo agarró por el hombro con firmeza.

—¿Qué intereses? ¿De quién habla?

Sofía parecía que el corazón se le iba a escapar por la boca. Mientras tanto, en el bolsillo del saco del director, el teléfono vibró dos veces. Era un mensaje de texto con un número desconocido: “Cuidado con lo que descubren. Hay más boletas en juego de las que imaginan.”

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