Continuamos exactamente donde quedó la escena: la cena de compromiso sigue su curso, pero el veneno ya fue servido. La vida es sabia, pero es más sabia la paciencia de quienes han sido heridos. Claudia se había ido, sí. Pero detrás de ella se llevaba una certeza que Mauricio jamás imaginó.
Los minutos transcurrieron. Las botellas de vino se abrieron. La sopa se enfrió sobre la mesa. Mauricio intentaba mantener la conversación con Lorena, pero su mente estaba en otro lado. Y no era para menos.
Lo que Claudia no le había dicho, lo que estaba guardando como un as bajo la manga, era que el abogado de su madre le había entregado una caja de seguridad con documentos que cambiarían el rumbo de todo. Entre esos documentos había una acción mayoritaria de la compañía que Mauricio ahora dirigía. Una acción que su madre había comprado con sus propios ahorros, en secreto, sin que nadie lo supiera. Esa acción había sido entregada a Claudia como herencia, con una carta manuscrita que explicaba todo.
«Hija mía, si un día te ves en la necesidad de enfrentar a Mauricio, recuerda que el silencio es la armadura más poderosa. Esta acción puede dar la vuelta al control de la compañía. No la uses jamás por venganza. Úsala por justicia.»
Claudia había leído esa carta innumerables veces durante la última semana, con las lágrimas rodando por sus mejillas. Nunca quiso usar esa carta. Nunca quiso lastimar a Mauricio. Siempre creyó que había un poco de bien en él, hasta que lo vio regalar la sortija de su madre a una mujer que la trataba como un objeto más.
En el restaurante, la tensión había pasado de un clímax a una calma incómoda. Lorena intentaba llamar la atención del mesero para pedir el postre cuando su teléfono vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó mostrando el nombre de «Cristina», una de sus amigas más cercanas. Lorena desbloqueó el teléfono, esperando una foto de felicitaciones o un mensaje de celebración. Lo que encontró la hizo palidecer.
—Mauri… —dijo con voz estrangulada.
—¿Qué?
—Cristina me acaba de enviar un audio. Dice que hay una reunión de emergencia en la compañía mañana. —Lorena apretó los labios—. Dice que la convocó… Claudia.
Mauricio sintió que el estómago se le cerraba como una puerta. La reunión de emergencia. Claudia. La sortija. Las palabras que ella pronunció antes de irse resonaron en su cabeza como un eco sordo: «Todo lo que me pertenece, lo voy a recuperar.»
—¿Pero quién es Claudia para convocar una reunión ejecutiva? —Lorena intentó burlarse, pero su voz sonaba más aguda de lo normal.
—No lo sé. —Mauricio tomó su teléfono y marcó rápidamente. Un asistente le confirmó la noticia a medio tono: «Señor, recibimos una orden legal. La señora Claudia apareció como titular de una acción preferente de la empresa. De hecho… —la voz del asistente se volvió dubitativa—… es la acción con más peso específico de todo el paquete accionario.»
Mauricio sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás. Lorena lo miraba con el semblante descompuesto.
—¿Qué dijiste? —preguntó la mujer, ansiosa.
—Que… que Claudia tiene una acción preferente. —Mauricio pasó una mano por su frente sudorosa—. Una acción que pertenecía a su madre. Mi suegra… esta mujer guardó un asiento en el directorio desde hace años y nunca dijo nada. Y ahora eso le da a Claudia el derecho de convocar reuniones, de vetar decisiones, de… de controlar todo si se alía con los otros accionistas.
Lorena parpadeó, sin comprender completamente, pero captando la gravedad. Su rostro maquillado palideció.
—Pero tú tienes la mayoría… —balbuceó—. ¿Tú tienes la mayoría, verdad, Mauricio?
Mauricio no respondió. Su respiración se había vuelto torpe. Los números comenzaron a danzar en su cabeza. Él tenía un 45% de las acciones, su socio un 15%, y había repartido otro 10% entre inversores menores. Pero si Claudia se presentaba con esa acción preferente de 30% y la sumaba al apoyo de algunos accionistas menores, podría quedarse con el control de la junta en la próxima asamblea. Y esa asamblea, según el asistente, estaba convocada para las nueve de la mañana siguiente.
—Mauri, no me asustes —insistió Lorena, tomando su mano por encima de la mesa—. Ella no puede hacerte nada. Tú eres el dueño de esa empresa. La construiste desde cero.
—No. —La palabra salió de sus labios como un puñal—. La empresa la fundó mi padre. Mi padre y la madre de Claudia. Ellos fueron socios desde el primer día. Cuando mi padre murió, yo heredé su parte. Cuando su madre murió, Claudia heredó la suya. Yo nunca supe que era una acción preferente. Nunca supe que… —Su voz se quebró—. Nunca supe que esa mujer me tenía bajo control todo este tiempo.
Lorena soltó la copa que sostenía, que cayó y se rompió por el impacto. Pero nadie la miró. Los ojos de Mauricio estaban perdidos en la oscuridad del restaurante, hacia la puerta por donde Claudia había salido con esa calma sepulcral.
En ese instante, un mesero se acercó con una bandeja de plata. Sobre ella, una tarjeta blanca con una letra impecable. Era para Mauricio. La tomó con manos temblorosas y la leyó en voz baja. «Mañana a las 9, en la junta, recuperaré lo que me pertenece y también lo que te di sin saber. Hasta mañana.» Firma: Claudia.
Mauricio arrugó la tarjeta. Para cuando miró a su alrededor, las miradas de los otros comensales estaban posadas sobre él con una mezcla de curiosidad y piedad. El hombre que un minuto antes se sentía el rey del mundo ahora era un rey sin trono, una figura desarmada frente a la mujer que había humillado.
Lorena intentó decir algo, pero la voz le salió distorsionada. Mauricio la cortó con un movimiento seco de la mano.
—Quiero irme. —Su voz era apenas un susurro roto—. Llévame a casa.
Y mientras salían del restaurante, con el diamante de la sortija todavía brillando en el dedo de Lorena, ninguno de los dos comprendió que la verdadera batalla no se libraría en la junta.
Se libraría mucho antes.
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