Te quedaste con las entrañas apretadas después de leer el inicio, y esa comezón de no saber te trajo hasta acá, justo donde la historia se pone buena.
Don Chuy, el viejo encargado de los aperos, fue el único que no se rió.
Estaba sentado en un banquito de ordeña, con las manos llenas de grasa de caballo y la mirada fija en la puerta de la oficina del patrón, desde donde acababa de salir Jimena con esa sonrisa de reina que le ponía a todo el mundo los nervios de punta.
Don Chuy había visto crecer a Mateo desde que llegó al rancho, escuálido y con los pies descalzos, cargando baldes de agua por un plato de frijoles.
Y esa tarde, mientras todos los peones se reían del muchacho, el viejo supo dos cosas: que la Jimena iba a hacer todo lo posible por humillarlo, y que el Mateo, tarde o temprano, iba a demostrarle al mundo de qué estaba hecho.
Lo que no sabía era que esa demostración iba a estar a un paso de costarle la vida.
La oficina donde se rompió la paciencia
La tarde caía sobre el rancho como una cobija de polvo dorado.
En el patio, los peones acomodaban los caballos para la noche, y el olor a sudor y alfalfa se mezclaba con el humo de la leña que ya empezaba a subir de la cocina.
Mateo venía de darle de beber a los animales, con la camisa pegada al cuerpo y las botas polvorientas, cuando Jimena lo alcanzó en el pasillo.
Ella traía puesta una blusa blanca impecable y esas botas de piel que ni pisaban el lodo; el pelo recogido con una coleta tirante que la hacía ver más afilada de lo normal.
—¿Ya te enteraste o todavía andas en tu nube, peón? —le soltó, sin buenos días ni nada.
Mateo se detuvo, pero no la miró.
—Buenas tardes, Jimena.
—Ay, qué educadito. —Ella soltó una risita corta, de esas que cortan más que un grito—. Se te olvida que aquí nadie te va a aplaudir por ser bien portado. Eres peón de cuadra, Mateo. Punto. No te confundas.
Él apretó la cubeta contra el pecho y siguió caminando.
Pero ella no estaba dispuesta a dejarlo ir tan fácil.
—Mi papá anda buscando a alguien con el valor suficiente para ir por el Trueno Negro —dijo, alzando la voz para que los demás la oyeran—. Y yo le dije: «Papá, ni se te ocurra mandar a Mateo. Ese hombre no sirve ni para cargar la silla».
Las risas no tardaron.
Rogelio, el caporal, se rio tapándose la boca con el dorso de la mano. Los hermanos Salgado, gemelos que trabajaban en el corral de engorda, se dieron codazos. Hasta el cocinero, don Beto, levantó la vista de la olla con una sonrisa incómoda.
Mateo se detuvo en seco.
Dejó la cubeta en el suelo, muy despacio, y por fin la miró.
—Algún día, Jimena, vas a tener que repetirme eso sin estar rodeada de gente.
Ella abrió la boca para responder, pero algo en los ojos de él la hizo dudar medio segundo.
Medio segundo nada más.
—Cuando quieras, peón —dijo por fin, recuperando la sonrisa—. Cuando quieras.
Y se dio la vuelta, caminando hacia la casona con el paso de quien ya ganó una discusión que ni siquiera empezó.
Mateo se quedó parado en medio del patio, con las manos temblando, no de miedo sino de rabia, y con un pensamiento clavado como una espina: algún día, algún día, esta vida me va a dar la oportunidad.
No sabía que esa oportunidad estaba a punto de entrar por la puerta grande.
El patrón y el millón de pesos
La puerta de la oficina se abrió de golpe.
Don Aurelio Salazar, el patrón, salió con el sombrero en la mano y los ojos encendidos, como cuando alguien acaba de tomar una decisión que le quema por dentro.
Era un hombre de sesenta y tantos, seco como un lazo viejo, con bigote blanco y una voz que no necesitaba micrófono para llegar al último rincón del rancho.
—¡A ver, todos! —gritó, parándose en el corredor—. ¡Vengan, tengo algo que decirles!
Los peones se acercaron, curiosos y un poco asustados.
El patrón no acostumbraba a convocar a nadie a esas horas. Cuando lo hacía, o había fiesta o había problemas, y esa tarde, por la cara que traía, no parecía fiesta.
Mateo se acercó con los demás, quedándose atrás, en la orilla del grupo.
Jimena apareció en el corredor con una taza de café en la mano, recargada en una columna, mirando a su padre con esa expresión de quien ya se sabe el guion.
Don Aurelio se subió a la banca del corredor para que todos lo vieran bien.
—El semental Trueno Negro lleva tres semanas libre en el cañón —dijo, midiendo cada palabra—. Se llevó ocho yeguas finas, me rompió dos cercas nuevas y ya se cobró la vida de un novillo.
El silencio se hizo espeso.
—Ese animal vale más que cualquiera de ustedes —siguió el patrón, sin rodeos—. Es el mejor semental que he tenido en cuarenta años, y no lo voy a dejar pudrirse en esas peñas por más tiempo.
Los peones se miraron entre sí.
—Desde hoy, le pongo precio a su captura. —Don Aurelio alzó la mano y contó con los dedos—: un millón de pesos, limpios, libres de impuestos, y diez hectáreas de tierra de mi propiedad. Al que me lo traiga con vida.
El murmullo estalló como un avispero.
Un millón de pesos.
Diez hectáreas.
En ese rancho, un peón ganaba lo suficiente para comer y mandarle algo a su familia el domingo. Diez hectáreas eran la entrada a otra vida; era dejar de ser peón y volverse dueño; era una casa con escrituras, era un apellido que pesaba.
Mateo sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
No era la plata lo que lo sacudía por dentro. Era la tierra. La posibilidad, por primera vez en su vida, de tener algo suyo, algo que nadie pudiera quitarle con una orden o con una burla.
—El cañón es enorme —advirtió don Aurelio—. El animal está herido de una pata, pero sigue bravo, y el que lo intente más vale que sepa lo que hace. No quiero muertos.
Y bajándose de la banca, se metió otra vez a la oficina, dando por cerrado el anuncio.
La burla que encendió la mecha
Los peones empezaron a hablar todos al mismo tiempo.
—Un millón… ¿te imaginas?
—Yo no me meto a ese cañón ni aunque me paguen el doble.
—Ese caballo mató a un novillo de una coz, ¿qué no le haría a un hombre?
En medio del ruido, la voz de Jimena se levantó clara, filosa, como una navaja encontrada por casualidad.
—Ay, no se hagan ilusiones, muchachos. El Trueno Negro no se deja agarrar por cualquiera. —Tomó un sorbo de café y luego, sin bajar la voz, agregó—: Y menos por el chico de las cubetas.
Los ojos de todos se voltearon hacia Mateo.
Él no dijo nada. Todavía.
—¿Tú qué? ¿También vas a ir? —siguió Jimena, avanzando un paso hacia él—. ¿Para qué? ¿Para que ese caballo te parta en dos y mi papá tenga que pagar el entierro? Con ese caballo no se juega, Mateo.
Algo en el pecho de él crujió, como una rama seca.
No fue la burla. Había aguantado burlas toda la vida. Fue el no se juega, como si él fuera un niño al que había que apartar del fuego.
Como si él no tuviera derecho ni a intentarlo.
Mateo levantó la cabeza, y por primera vez en mucho tiempo, sostuvo la mirada de Jimena sin bajarla.
—Con ese caballo no se juega, Jimena —dijo, casi en un susurro, tan bajito que solo ella lo escuchó—. Y contigo tampoco.
Ella parpadeó, desconcertada.
Y Mateo, sin agregar nada más, se dio la vuelta y caminó hacia los establos.
El silencio que dejó atrás fue distinto a todos los silencios que había dejado antes.
La noche larga de los preparativos
Cuando los demás se fueron a cenar, Mateo se quedó en el establo.
Encendió una lámpara de gas y la colgó de un clavo, y la luz amarilla se derramó sobre los aperos y las sillas viejas.
Primero revisó su lazo. Lo pasó entre las manos, buscando hilos rotos, y lo fue tensando pulgada por pulgada, como quien reza en un idioma que solo él conoce.
Después sacó su silla de montar, la única cosa que había heredado de su padre, y la revisó con la misma paciencia.
El cuero estaba gastado, con marcas de muchas cabalgatas, pero estaba sano. Le puso grasa nueva y la dejó brillando bajo la luz.
De un rincón sacó su reata larga de cuarenta metros, esa que había trenzado él mismo una vez que el patrón le pagó doble por una semana de trabajo extra. La estiró en el suelo del establo, la midió con el codo y la volvió a enrollar.
No era una reata común. Era la única arma que Mateo conocía de verdad.
De niño, en el rancho de su abuelo, había aprendido a lazarse a sí mismo. A lazarse postes, a lazarse chivas, a lazarse perros callejeros, hasta que un día se lazó el pie de una mula y se soltó sin caer.
Desde entonces, la reata era su lengua. La única con la que sabía hablar sin que nadie lo interrumpiera.
Mientras trabajaba, escuchó pasos afuera.
Don Chuy entró con una taza de café y un pan.
—Pa’ que no te acuestes con el estómago vacío —dijo, dejándoselos en un banco—. Y pa’ que sepas que no estás tan solo como crees.
Mateo alzó la vista, sorprendido.
—Gracias, don Chuy.
—No me des las gracias todavía. —El viejo se sentó pesadamente en el banco, con las manos sobre las rodillas—. Escúchame bien, muchacho. Ese caballo no está loco. Está herido, y está asustado, y un animal asustado es lo más peligroso que hay.
—Lo sé.
—¿Y aun así vas a ir?
Mateo se quedó en silencio unos segundos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si no voy, el resto de mi vida va a ser igual a esta noche. —Mateo enrolló la reata y la dejó caer en el suelo con un golpe suave—. Y ya me cansé.
Don Chuy lo miró largo rato.
Después se levantó, le puso una mano en el hombro y se fue sin decir nada más.
Lo que Jimena tramaba en la casa
Al otro lado del patio, en la cocina de la casona, Jimena hablaba con su padre en voz baja.
Se había servido una copa de vino y la hacía girar entre los dedos, con el ceño fruncido.
—¿Un millón de pesos, papá? —preguntó, como si no pudiera creerlo todavía—. ¿Y diez hectáreas? ¿No te parece demasiado por un animal, aunque sea bueno?
Don Aurelio, sentado frente al escritorio, revisaba unos papeles.
—No es por el animal, hija. Es por las yeguas que se llevó. Es por la cría que perdí con el novillo. Y es porque si no lo agarro yo, lo va a agarrar otro dueño, y entonces el Trueno Negro va a engendrar potros para la competencia.
Jimena asintió, pero sus ojos seguían brillando con un pensamiento que su padre no alcanzaba a ver.
—Y si nadie lo agarra… —empezó ella, con mucho cuidado.
—Si nadie lo agarra, pierdo el semental y pierdo el prestigio.
—Bueno, pero esas diez hectáreas… —Jimena dejó la copa sobre la mesa y se acercó—. Yo podría encargarme de buscarlas. Aunque sea pa’ que no se pierdan. Total, si nadie cumple el trato, la recompensa no se paga.
Don Aurelio levantó la vista y la miró con atención.
—¿Y tú qué sabes de caballos, hija?
—No sé de caballos, papá. Pero sé de negocios. —Ella sonrió, y fue una sonrisa que le habría helado la sangre a cualquiera que la conociera bien—. Y esas hectáreas, si nadie las reclama, se quedan en la familia. En mis manos, por ejemplo.
El patrón no dijo nada.
Tal vez no quiso entender lo que acababa de oír.
Tal vez sí entendió, y en el fondo pensó que no había nada de malo en que su hija quisiera asegurarse el futuro.
De cualquier manera, esa noche, mientras Mateo afilaba el filo de su paciencia en el establo, Jimena afilaba el suyo en la cocina, y los dos pensaban exactamente lo mismo: esas tierras tienen que ser mías.
Solo que uno las quería para vivir de ellas.
Y la otra, para que nadie más las tuviera.
El amanecer del día que lo cambiaría todo
Mateo no durmió casi nada.
Se levantó antes de que cantara el primer gallo y se lavó la cara en el bebedero.
En el cielo, las estrellas todavía titilaban y el frío del norte le mordía las orejas.
Se puso la camisa más gruesa que tenía, esa que su mamá le había mandado cinco años atrás, y encima un chaleco de mezclilla remendado en los codos.
Se colgó la reata al hombro. Se puso el sombrero de palma, el que le había regalado don Chuy cuando cumplió veinte.
Y antes de salir del establo, se detuvo un momento frente al espejo roto que colgaba de un clavo.
Se miró.
—No te me rajes ahora —se dijo a sí mismo, en voz baja—. Por lo menos, no sin pelear.
Cuando salió al patio, ya había un grupo de peones esperándolo.
No para despedirlo con porras, sino para verlo fracasar. Los hermanos Salgado, Rogelio, dos o tres más, y por supuesto, Jimena, que se había levantado temprano solo para verlo partir.
Traía puesto un suéter rojo y una taza de café en las manos. Tenía el pelo suelto y las mejillas rosadas por el frío.
—¿Ya te vas, peón? —le dijo, sin disimular la burla—. ¿Y con esa reata? ¿Pos qué vas a hacer? ¿Le vas a pedir por favor al caballo que se deje?
Algunos rieron.
Mateo la miró, tranquilo, como si la estuviera viendo por primera vez.
—Voy a hacer lo que sé hacer —dijo—. Y lo que no sé, lo voy a aprender allá arriba.
—¿Y si te mata?
—Entonces por lo menos habré muerto intentando algo. —Mateo se ajustó el sombrero—. Que es más de lo que tú has hecho en tu vida, Jimena.
Ella se quedó sin respuesta.
Y esa vez, el silencio no lo rompió nadie.
Mateo caminó hacia el potrero donde lo esperaba Palomo, su caballo de trabajo, un alazán flaco pero resistente, tan conocido en el rancho como cualquiera de los peones.
Montó sin apuro, ajustó los estribos y le dio una palmada en el cuello.
—Vamos, compadre —le dijo al caballo—. Tú y yo tenemos una cita con el diablo.
Y picó espuelas hacia el cañón.
El cañón que se traga a los hombres
El cañón se abría a dos horas del rancho, entre peñascos rojos y matorrales secos.
Era un lugar que los peones evitaban incluso de día, porque los riscos eran traicioneros y las veredas se borraban con el primer ventarrón.
Mateo llegó al filo del cañón poco después de las nueve.
Dejó a Palomo amarrado a un mezquite, con agua y sombra, y siguió a pie.
El sol ya pegaba fuerte, y el silencio era tan grande que se oían las chicharras a un kilómetro.
Mateo empezó a caminar despacio, mirando el suelo.
Buscaba huellas. Cascos partidos, boñigas frescas, ramas quebradas.
Aprendió eso de su abuelo, mucho antes de aprender a lazarse a sí mismo. Los animales dejan rastro; los hombres que los buscan, también.
Una hora después, encontró la primera señal.
Un arbusto de mezquite con las hojas mordidas, y a un lado, una mancha oscura sobre una piedra.
Mateo se agachó y pasó los dedos por la mancha.
Sangre seca.
El caballo estaba herido, sí, pero seguía moviéndose.
Caminó más despacio todavía.
De pronto, un relincho lejano lo hizo detenerse.
Venía de más arriba, entre las peñas, como el eco de un trueno que todavía no había estallado.
Mateo levantó la cabeza y apretó la reata.
El corazón le empezó a latir como un tambor.
Es él, pensó. Es él, y está cerca.
Subió con cuidado por una vereda angosta, pegándose a la pared del risco, y a cada paso aguzaba el oído.
El caballo volvió a relinchar, más cerca.
Y luego, entre dos peñascos grandes, lo vio.
El Trueno Negro
Era el animal más hermoso que Mateo había visto en su vida.
Negro entero, sin una sola mancha, como si lo hubieran sacado de un sueño. Tenía el lomo brillante, la crin larga y revuelta, y los ojos inyectados como dos ascuas.
Estaba parado al borde de una pequeña cañada, con la pata delantera izquierda levantada, y aunque se veía flaco y cansado, su cuerpo todavía transmitía una fuerza que ponía los pelos de punta.
Mateo se quedó quieto, sin respirar.
Sabía que si daba un paso en falso, el caballo lo vería, y entonces todo habría terminado antes de empezar.
El Trueno Negro movió las orejas y giró la cabeza con desconfianza, husmeando el aire.
Mateo bajó la mirada, muy despacio, y empezó a retroceder de costado, despacio, sin darle la espalda.
Necesitaba pensar. Necesitaba un plan.
Y en ese momento, mientras el sol del mediodía acuchillaba las peñas, se le ocurrió lo único que sabía hacer mejor que nadie en ese rancho.
Lazarlo.
No corriendo. No espantándolo. No tratando de agarrarlo con fuerza bruta.
Lazarlo con paciencia, como le había enseñado su abuelo a lazarse a sí mismo cuando era niño.
Mateo buscó un lugar donde el cañón se estrechara, una especie de embudo natural entre dos rocas.
Si lograba que el caballo pasara por ahí, podría lazarlo desde arriba, con calma, sin asustarlo más de lo necesario.
Volvió a bajar la vereda, con las piernas temblando, y rodeó el risco hasta llegar al otro lado.
Se subió a una peña elevada desde donde dominaba el paso.
Se acomodó la reata en la mano derecha.
Y esperó.
La espera que se hizo eterna
Pasó una hora. Luego dos.
Mateo no se movió, ni para espantar las moscas.
El sol le quemaba la nuca por debajo del sombrero, y las rodillas le empezaban a doler de tanto estar agachado detrás de la peña.
Pero él no se movió.
Sabía que el Trueno Negro, como todos los animales heridos, no bajaba al abrevadero hasta que estaba seguro de que no había peligro.
Y sabía que su única oportunidad era estar listo en el momento exacto en que el caballo cruzara por el embudo de piedra.
A media tarde, lo escuchó venir.
Cascos lentos, pesados, con ese ritmo particular de un animal que cojea pero no se rinde.
Mateo apretó la reata y contuvo la respiración.
El Trueno Negro apareció por el lado izquierdo, cabizbajo, con la pata herida casi arrastrando.
Se detuvo un momento en la entrada del paso angosto, y Mateo pudo verle las costillas marcadas bajo el pelo.
El corazón le dolió.
No era solo un animal salvaje. Era un animal sufriendo, y ese sufrimiento era lo que lo hacía peligroso.
El caballo avanzó un paso.
Mateo levantó el brazo.
Otro paso.
Y entonces, en el momento exacto en que el Trueno Negro puso la pata buena sobre la piedra plana del paso, Mateo lanzó la reata.
El lazo voló por el aire como un pájaro, se abrió en el aire caliente, y cayó perfecto sobre el cuello del caballo.
Mateo jaló con todas sus fuerzas.
El Trueno Negro se encabritó con un relincho que retumbó en todo el cañón.
La pelea que nadie vio
Lo que pasó después, Mateo lo recordaría toda su vida.
El caballo tiró de la reata como si quisiera arrancarle los brazos de raíz.
Mateo se aferró a la peña con las piernas, con los dientes apretados, mientras el animal se revolvía abajo como un diablo.
La reata se tensó hasta gemir.
El polvo se levantó en nubes y las piedras rodaron por la cañada, y Mateo pensó, en un segundo de claridad, que se iba a morir ahí, solo, entre las peñas, y que nadie iba a saber nunca lo que había intentado.
Pero no soltó.
Volvió a jalar.
El caballo tiró otra vez.
Y Mateo, con los ojos llenos de tierra y las manos en carne viva, empezó a hablarle.
No a gritarle. No a insultarlo.
A hablarle bajito, como le hablaba a Palomo cuando se espantaba.
—Ya, mi niño. Ya. Tranquilo. No te voy a hacer daño.
El caballo relinchó y volvió a tirar.
—Ya, mi rey. Ya. Tranquilo.
Y poco a poco, sorprendentemente, la pelea empezó a ceder.
El Trueno Negro bajó la cabeza y se quedó quieto, temblando, con el lazo apretado al cuello y las narices abiertas como fuelles.
Mateo no se movió.
Siguió hablándole bajito, sin acercarse, sin jalar más, hasta que el animal dejó de temblar.
Entonces, con mucho cuidado, empezó a bajar de la peña.
Un paso. Otro. Otro.
Cuando estuvo cerca, el caballo volvió a resoplar, pero ya no tiró.
Mateo extendió la mano lentamente y le tocó el cuello.
El pelo estaba sudado y caliente.
El animal temblaba como una hoja.
—Ya, mi niño —le dijo Mateo, casi llorando—. Ya. Vamos pa’ la casa.
No sabía cómo iba a hacerlo.
No sabía cómo iba a llevar a ese caballo herido, cojo, asustado, por dos horas de cañón, hasta el rancho.
Pero en ese momento, con la mano apoyada en el cuello del Trueno Negro y el corazón latiéndole como loco, Mateo supo que ya nada iba a ser igual.
El regreso que nadie creía posible
Bajó del cañón cuando el sol ya empezaba a ponerse rojo sobre las sierras.
Traía al Trueno Negro de la reata, caminando despacio, a su lado, con la mano apoyada en el cuello del animal.
Palomo, amarrado al mezquite, relinchó al verlos llegar.
Mateo montó con cuidado, sosteniendo la reata con una mano y la crin del caballo con la otra, y emprendió el camino de regreso al rancho, paso a paso.
Las dos horas se hicieron cuatro.
Cuando por fin aparecieron las luces del casco, ya había anochecido, y el rancho entero estaba reunido en el patio, porque don Aurelio había mandado a buscarlo porque no volvía.
Los peones se quedaron mudos.
Don Chuy, sentado en su banquito, se levantó de un salto.
Rogelio dejó caer el sombrero que tenía en las manos.
Los hermanos Salgado abrieron la boca y no la cerraron.
Y Jimena, parada en el corredor de la casona, con un chal sobre los hombros, se quedó congelada.
Mateo entró al patio caminando despacio, tirando suavemente de la reata, y detrás de él, cojeando pero vivo, entró el Trueno Negro.
Negro entero. Brillante. Majestuoso.
El patrón salió de la oficina y se quedó parado en el umbral, sin decir palabra.
Mateo detuvo al caballo en medio del patio y se bajó de Palomo.
Se acercó a don Aurelio y le tendió la reata con las dos manos.
—Patrón —dijo, con la voz ronca—. Aquí está su semental. Vivo, como lo pidió.
El silencio se prolongó unos segundos que parecieron años.
Y entonces don Aurelio Salazar, el hombre más seco del norte, hizo algo que nadie le había visto hacer en veinte años.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
La recompensa y la promesa
Don Aurelio tomó la reata y no dijo nada durante un buen rato.
Luego, sin soltar la cuerda, alzó la voz para que todo el rancho lo oyera.
—Mañana mismo se firman las escrituras —dijo—. Un millón de pesos y diez hectáreas a nombre de Mateo Ramírez.
Un murmullo recorrió el patio.
—Y desde hoy —siguió el patrón—, Mateo deja de ser peón. Va a ser mi encargado de ganado fino.
Mateo no supo qué decir.
Se le nubló la vista y por un momento pensó que se iba a caer ahí mismo, en medio del patio, delante de todos.
Don Chuy se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Te lo dije, muchacho —le dijo bajito—. Te lo dije.
Los peones empezaron a aplaudir. Primero uno, luego otro, luego todos.
Hasta Rogelio, que se había reído de él esa misma tarde, le dio una palmada en la espalda.
—Eres un cabrón, Mateo —le dijo, con una sonrisa genuina—. Un cabrón con suerte.
Pero Mateo no se sentía con suerte.
Se sentía cansado, con las manos en carne viva, con el cuerpo adolorido de la pelea, y con una paz que no había sentido en toda su vida.
Y entonces, entre los aplausos y las risas, vio a Jimena.
Estaba parada en el corredor, con el chal apretado contra el pecho, y la cara blanca como la cera.
Mateo se acercó a ella.
Los demás se quedaron atrás, y el patio se hizo silencio, porque todo el mundo sabía lo que había pasado esa tarde, y todo el mundo quería ver cómo terminaba.
Mateo se detuvo a dos pasos de ella.
—Con ese caballo no se juega, Jimena —dijo, repitiendo las palabras de esa tarde, pero esta vez sin bajar la voz—. ¿Te acuerdas?
Jimena no respondió.
Se le movía la boca como si quisiera decir algo, pero no le salía nada.
—Y con migo —siguió Mateo, tranquilo—, tampoco.
Se quitó el sombrero y lo sostuvo contra el pecho.
—Mañana firmo las escrituras. Y las diez hectáreas van a llevar mi nombre. No las tuyas.
Jimena tragó saliva.
Los ojos se le llenaron de agua, pero no de tristeza.
De rabia.
—Tú no entiendes nada, Mateo —logró decir por fin—. Esas tierras son de mi familia.
—Ya no.
—¡Son de mi familia! —repitió ella, alzando la voz—. ¡Y tú no eres nadie! ¡Eres un peón! ¡Viniste aquí sin nada y sin nada te vas a ir!
Pero las palabras ya no tenían filo.
Se le caían de la boca como piedras sin punta, y todo el rancho lo estaba viendo.
Mateo no le respondió.
Se puso otra vez el sombrero, y sin darle la espalda, caminó hacia el establo.
Detrás de él, el silencio volvió a hacerse grande.
Y esa noche, cuando se acostó en el catre de tablas con las botas puestas, Mateo supo dos cosas.
La primera: que su vida acababa de cambiar para siempre.
La segunda: que Jimena no lo iba a perdonar nunca.
Lo que Jimena no sabía
Esa madrugada, mientras el rancho dormía, Jimena estuvo despierta en su cuarto.
Se sentó frente al espejo, con el cepillo en la mano y el pelo suelto sobre los hombros, y no paró de darle vueltas a lo mismo.
Un peón. Un simple peón. Y mañana va a tener escrituras.
Le hervía la sangre solo de pensarlo.
No era envidia de las diez hectáreas. Era algo más profundo, algo que se parecía al miedo: la idea de que el mundo se le estuviera moviendo bajo los pies.
Toda su vida había vivido con la certeza de que había dos clases de personas: las que daban órdenes y las que las obedecían.
Mateo siempre había sido de los que obedecían.
Y ahora, en una sola tarde, se había pasado al otro lado.
¿Y si un día quiere algo más?, pensó, mientras se miraba en el espejo. ¿Y si un día quiere el rancho?
Se quedó quieta un momento.
Después, muy despacio, apagó la lámpara.
Pero no se durmió.
Estuvo hasta el amanecer mirando el techo, dándole vueltas al mismo pensamiento, con una idea firme clavada en el pecho como una espina: que las diez hectáreas de Mateo no eran solo diez hectáreas.
Eran el principio de algo.
Y ella, Jimena Salazar, hija del patrón, no estaba dispuesta a dejar que ese algo creciera.
Al día siguiente
Las escrituras se firmaron a las once de la mañana, en la oficina del patrón, con dos testigos y un notario que llegó del pueblo en camioneta.
Mateo firmó con esa letra torcida que era la suya, apretando el bolígrafo como si fuera una reata.
Don Aurelio le entregó los papeles con las dos manos.
—Bien hecho, hijo —le dijo, y esa sola palabra, hijo, retumbó en el pecho de Mateo como un trueno.
Afuera, en el patio, los peones le hicieron una comida.
Asaron dos carneros, sacaron la guitarra y el acordeón, y don Chuy, borracho de contento, se puso a contar la historia de cómo Mateo había llegado al rancho siendo un escuálido de doce años.
Jimena no bajó.
Se quedó en su cuarto todo el día, con la puerta cerrada y el alma revuelta.
Y al caer la tarde, cuando el rancho ya estaba tranquilo y el sol se apagaba detrás de las sierras, Mateo subió a la loma que colindaba con sus diez hectáreas nuevas.
Se sentó en una piedra y se quedó mirando el terreno, todavía sin cerco, todavía sin casa, todavía sin nada.
Pero suyo.
Su madre estaba a dos días de camino y él ya sabía lo que iba a hacer: mandarle dinero para que viniera, construirle una casa con techo de teja, ponerle un corral, una huerta, unos cuantos animales.
Miró el horizonte.
Pensó en su abuelo, que le había enseñado a lazarse a sí mismo.
Pensó en don Chuy, que siempre le había dicho que un hombre vale por lo que aguanta, no por lo que tiene.
Pensó en Jimena, que esa tarde lo había mirado como se mira a un enemigo.
Y en ese momento, sentado en la piedra, con el viento del norte moviéndole el sombrero, Mateo entendió algo que no supo decir con palabras.
Que las diez hectáreas no eran el final.
Eran el principio.
Y que el Trueno Negro, el caballo salvaje que todos creían indomable, no había sido un premio.
Había sido un espejo.
Porque también Mateo, toda su vida, había sido un animal herido, asustado, salvaje, al que nadie se había animado a acercarse.
Y esa tarde, por primera vez, alguien se había acercado.
Él mismo.
El hilo que quedó suelto
Un mes después, Mateo ya tenía el corral armado en las diez hectáreas nuevas y un potrillo que le había regalado el patrón para empezar su propio ganado.
El Trueno Negro, ya curado de la pata, seguía en el rancho, pero había algo raro: solo Mateo podía acercársele.
Con nadie más se dejaba ni poner la silla.
Jimena, mientras tanto, había empezado a salir seguido al pueblo, con cualquier disculpa: una visita a una amiga, una compra de telas, una consulta al notario.
Nadie le preguntaba nada.
Pero una tarde, don Chuy la vio subir a la camioneta con una carpeta bajo el brazo y un gesto que no le gustó.
Se quedó pensando un rato, y luego se fue al establo a buscar a Mateo.
—Muchacho —le dijo, bajito—. Cuídate.
Mateo levantó la cabeza del potro que estaba curando.
—¿De qué, don Chuy?
—De ella.
Mateo no preguntó más.
Pero esa noche, mientras el rancho dormía, se quedó largo rato mirando por la ventana del establo hacia la casona, con la reata en la mano y el corazón inquieto, como si supiera, sin saber, que la historia que había empezado con un caballo salvaje no había terminado todavía.
Porque el Trueno Negro, después de todo, no era el animal más peligroso del rancho.
El animal más peligroso era la mujer que se había quedado sin nada que perder.




