Sabía que esa curiosidad no te iba a dejar tranquilo, y ahora que estás aquí, prepárate porque esto apenas se está poniendo bueno.
En la mesa del fondo, una mujer de cabello canoso y brazos cubiertos de cicatrices detuvo el cuchillo de plástico a medio camino de su boca. Se llamaba doña Remedios, llevaba catorce años entre rejas y había visto pasar por ese comedor a cientos de reclusas nuevas: algunas llorando, otras temblando, otras con la mirada perdida. Pero ninguna como esta. La recién llegada no había movido un solo músculo de la cara cuando la Purga, la líder, le tiró la bandeja al suelo. Ni siquiera había parpadeado.
Doña Remedios dejó el tenedor sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, olvidando por completo la comida. Algo en la escena le olía mal, algo no cuadraba, y no se refería a esa sensación que le recorría la espalda cada vez que alguien nuevo entraba al pabellón. No. Esto era distinto. Era como si estuviera viendo a una cazadora disfrazada de presa.
La Purga era alta, corpulenta, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y un apodo que se había ganado a base de sangre, sudor y años de violencia. Había dominado ese pabellón con puño de hierro desde que la Reina Vieja había caído, y nadie se atrevía a desafiarla. Solo había que verla de pie, con las manos en las caderas y la mandíbula apretada, para entender por qué las demás mujeres bajaban la mirada cuando pasaba. Pero la nueva no la había mirado ni una sola vez. Estaba demasiado ocupada mirando algo más allá de la líder, algo o alguien que solo sus ojos parecían capaces de ver.
—¿Qué me ves? —gruñó la Purga, acercando su rostro al de la recién llegada.
Sonrió. La Purga sonrió con esa sonrisa torcida que precedía a los golpes, pero la nueva sostuvo su mirada sin inmutarse. Era pequeña, menuda, de hombros angostos y manos delicadas que parecían no haber trabajado nunca. Vestía el uniforme gris del reclusorio, dos tallas más grande, y el cabello negro recogido en una trenza apretada. Cualquiera habría apostado que no duraría ni una semana en ese lugar. Cualquiera excepto doña Remedios, que llevaba demasiados años en ese mundo como para no reconocer a su propia especie.
—Mira, niña —dijo la Purga mientras su mano enguantada se alzaba lentamente—. Aquí la ley la pongo yo. Esta noche, tú y yo vamos a tener una conversación muy clarita, si entiendes lo que te digo.
Las demás reclusas guardaron silencio, pero era un silencio activo, expectante. Todas sabían lo que significaban esas palabras. La Purga no hablaba de conversaciones; hablaba de paredes vacías y testimonios que nadie se atrevía a dar.
—¿Sabes cuántas han venido antes que tú? —continuó la líder, saboreando el miedo que no estaba recibiendo, pero que de todas formas disfrutaba evocar—. ¿Sabes cuántas han intentado pararse frente a mí y las he enviado directo a la enfermería? Aquí no hay visitas, no hay abogados, no hay nadie que te salve. Desde hoy, esta es tu nueva realidad: comerás únicamente cuando yo te dé permiso, caminarás únicamente donde yo te diga, y respirarás únicamente porque a mí me da la gana que respires.
Y entonces, por primera vez desde que entró al comedor, la nueva abrió la boca. Su voz fue tan baja que las más cercanas tuvieron que contener el aliento para alcanzar a escucharla.
—Era justo lo que buscaba.
Un silencio más profundo, más pesado, se apoderó del comedor. La Purga parpadeó, desconcertada. Había pasado años perfeccionando su acto de intimidación, años construyendo un imperio sobre el miedo de las demás, y nunca, jamás, en todo ese tiempo, una reclusa le había respondido de esa manera. Con calma. Con frialdad. Como si el guion que ella había seguido durante años estuviera torcido en su contra.
La recién llegada sonrió. Fue una sonrisa leve, casi imperceptible, que no alcanzaba sus ojos porque sus ojos estaban clavados en algo que todos los demás habían pasado por alto. Y en ese momento, doña Remedios comprendió algo que la hizo estremecer: habían traído a un lobo al redil, no a una oveja.
El tenedor volvió a caer sobre la mesa con un repiqueteo seco. La escena no había terminado, apenas estaba comenzando, y la vieja reclusa sentía en los huesos que lo que venía después cambiaría para siempre la jerarquía de ese pabellón.
—Pensé que tenías pruebas —dijo la nueva, clavando finalmente su mirada en la Purga—. Pensé que eras más lista, más cuidadosa. Pero mira lo que resultó tu imperio: una mole de músculo con la inteligencia justa para saber en qué puerta tocar para recibir órdenes.
La Purga enrojeció. Sus puños se cerraron, las venas de su cuello se inflaron, y por un instante pareció que iba a lanzarse sobre la recién llegada. Pero entonces, la nueva levantó la mano y mostró algo que llevaba escondido entre la ropa: una fotografía doblada, gastada en los bordes, pero perfectamente reconocible. Una fotografía de la Purga abrazando a un hombre con traje, frente a la puerta de un despacho oficial, con una sonrisa que nadie en ese pabellón le había visto jamás.
—Esa es la pieza que me faltaba —dijo la recién llegada, guardando la fotografía con la misma calma con la que había mostrado—. Y resulta que la tenía una de las mujeres que más confiaban en tu palabra, en tu supuesto poder.
Doña Remedios no pudo contener el jadeo cuando todas las miradas se volvieron hacia ella, y supo, en ese instante, que su papel en esa historia apenas estaba comenzando.
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