Lazos que Unen

La reclusa que fingió estar indefensa para atrapar a su peor enemiga

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Continuamos con la historia justo donde la dejamos: el comedor, la fotografía, y el momento en que el mundo de la Purga comenzó a derrumbarse.

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Doña Remedios sintió el peso de todas las miradas del pabellón caer sobre sus hombros como una losa. La fotografía que la nueva reclusa guardaba entre sus manos era la misma que ella había entregado, tres días atrás, a una abogada que se hizo pasar por visitante familiar. La misma que la Purga había jurado que nadie encontraría jamás, porque doña Remedios era su mujer de confianza, su sombra, su informante dentro del pabellón. La misma que llevaba años en el fondo de un casillero, atada con una liga vieja, con los bordes doblados por el paso del tiempo y el miedo.

La nueva la miró con una calma que helaba la sangre y dio un paso al frente. Las reclusas que se arremolinaban alrededor se apartaron, abriéndole un camino que ninguna se atrevía a transitar. Algo había cambiado en el ambiente; algo que no se podía explicar con palabras se había instalado en ese comedor, en la cabeza de cada una de las mujeres que observaba la escena.

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—Tú creíste que tu líder era invencible —dijo la nueva, sin dejar de mirar a la Purga—. Que por su tamaño, por su historia, por el terror que había sembrado, estaba más allá de cualquier cosa que pudiera afectarla. Pero hasta tu mundo tiene un talón de Aquiles, y resulta que tenía nombre, apellido y cargo dentro del sistema.

El hombre de la fotografía era robusto, de traje elegante y cabello entrecano. En el despacho detrás de él, una placa dorada con su nombre el apellido brillaba con claridad. Un nombre que la Purga pronunciaba con reverencia cada vez que mencionaba sus conexiones, cada vez que amenazaba a las reclusas con que tenía el poder de hacer desaparecer a sus familias fuera de esos muros.

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—¿Sabes qué descubrí cuando empecé a investigar? —continuó la recién llegada, bajando la voz hasta casi un susurro, pero lo suficientemente alto para que todas alcanzaran a oír—. Que tu protector no es tan protector. Que tiene una cuenta pendiente con la justicia más grande que todo lo que tú has hecho en tu vida. Y que si yo le dijera a las autoridades que tú eres su contacto principal dentro de este reclusorio, no te salvarían ni tus años de servicio ni esos favores que le debes.

La Purga palideció. Un tic le apareció en el ojo derecho, esa manía nerviosa que solo le salía cuando la presión era insoportable y que las demás reclusas jamás habían tenido la oportunidad de ver. Tartamudeó un insulto que se le murió en la garganta cuando la nueva sacó otra cosa de su ropa: esta vez, un sobre amarillo de papel reciclado, arrugado, con el sello del juzgado federal visible en la esquina.

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—Este es apenas la mitad del expediente, y ya alcanza para enviar una orden de traslado —dijo, dejando el sobre sobre la mesa que el guardia había dejado desocupada—. Directo a una prisión de máxima seguridad. Sin visitas. Sin privilegios. Sin contacto con nadie de tu pasado.

Doña Remedios se atrevió a respirar, y lo único que le salió fue aire caliente, espeso, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas. La Purga dio un paso atrás, y por primera vez en años, las reclusas avanzaron. No gritaron, no se abalanzaron, pero el solo movimiento de un grupo de mujeres moviéndose al unísono fue suficiente para que la líder sintiera el peso de lo que estaba a punto de perder.

—¿Qué quiere? —dijo la Purga con la voz quebrada, sin atreverse a mirarla directamente—. ¿Dinero? ¿Venganza? ¿Quiere verme suplicar?

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La nueva negó con la cabeza lentamente, con el gesto de quien había estado pensando en ese momento durante mucho tiempo. Se quitó la trenza del hombro, se ajustó el uniforme, y cuando volvió a hablar, su voz tenía un filo que no había mostrado antes.

—Supe de ti hace años. Antes de que llegaras arriba, cuando aún eras cachorro y mordías la mano que alimentabas. Supiste de mi hermana, la que llegó antes que yo, la que entró al sistema hace mucho tiempo y de la que nadie supo nada después de que tuviste una reunión privada con ella en el lavadero.

Un murmullo recorrió el comedor. La Purga parpadeó varias veces, como si estuviera tratando de ubicar rostro, nombre, contexto. Pero no lo lograba, y eso la aterraba más que cualquier amenaza directa.

—Mariana —dijo la nueva, y el nombre salió de sus labios como un suspiro que contenía dos años de rabia contenida—. Se llamaba Mariana, tenía veintitrés años, y vino a este pabellón a purgar una condena que nunca cometió.

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La Purga abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Sus ojos se pusieron vidriosos, y si alguien la había visto alguna vez vulnerable, estaba viéndola ahora. Doña Remedios se aferró al borde de la mesa para no caerse. Ella había estado presente hacía dos años y medio, cuando una reclusa nueva llamada Mariana fue llevada al lavadero y nunca volvió a su celda. Había visto cómo la Purga regresaba con las manos temblorosas y una mancha roja en el cuello de la camisa. Había jurado guardar secretos a cambio de su permanencia en el pabellón. Pero jamás había imaginado que la venganza de un pasado tan oscuro podía aparecer tan pronto, con un rostro tan parecido.

—Yo no la toqué —dijo la Purga, pero su voz ya no era una orden, sino una súplica.

—Eso no importa —respondió la nueva, bajando finalmente las manos—. Lo que importa es que tienes lo que necesitaba: tu miedo, tus contactos, tu caída. Y tienes dos horas para decidir cuál de estas dos historias que acabas de conocer le cuenta a las autoridades, porque yo tengo un testimonio más, y no me voy a ir de aquí sin que se haga justicia.

Un estruendo lejano, el ruido metálico de una puerta pesada, interrumpió la conversación. El guardia que había estado observando desde la puerta se enderezó y miró hacia el pasillo, y cuando volvió a girar la cabeza, sus ojos se posaron en doña Remedios, que se atragantaba con algo que había comido minutos atrás.

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—Señora —dijo el guardia—. Afuera la esperan unos oficiales de fiscalía. Tienen una orden de investigación con su nombre en la portada.

Doña Remedios abrió la boca, pero no salió ningún sonido. La nueva sonrió por primera vez desde que había llegado al pabellón, y la Purga comenzó a entender que el mundo que ella gobernaba ya no era suyo.

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