Continuamos exactamente donde la escena nos dejó, con el corazón latiendo tan fuerte como el tuyo.
Él dio un paso hacia adelante, y Emma retrocedió dos. El pasillo de su casa, que siempre le había parecido acogedor con sus cuadros de flores y esa luz cálida que había elegido con tanto cuidado, ahora se sentía como una trampa. Los tacones de él resonaban en la madera, marcando cada paso como una sentencia. Emma miraba sus pies, luego sus piernas, luego su torso. No podía creerlo. Lo había visto caer. Lo había visto desaparecer entre las rocas y la espuma blanca del mar. Lo había visto, y había esperado el sonido del impacto, ese sonido que nunca llegó.
—Te ves pálida, amor —dijo él, cerrando la puerta detrás de sí con una suavidad que resultaba siniestra—. ¿No estás contenta de verme?
Emma tragó saliva. Su mente corría a mil por hora, buscando una explicación, una salida, una mentira que pudiera salvarle la vida. Pero cada que intentaba articular una palabra, él levantaba una mano y la silenciaba con un simple gesto. Era como si él tuviera el control absoluto del momento, como si hubiera ensayado esta escena una y otra vez en esos largos minutos en los que ella creyó que ya estaba muerto.
—Te tengo una pregunta —dijo él, sentándose en el sofá con una naturalidad que horrorizó a Emma—. ¿Cuánto tiempo planeaste esto? ¿Fue una idea de un día, o lo venías pensando desde hace meses?
Emma negó con la cabeza, las lágrimas finalmente brotando. Lágrimas reales, aunque no por remordimiento, sino por miedo. Porque ahora entendía que la persona que tenía enfrente no era el hombre sumiso que ella había manipulado durante años. Era alguien nuevo. Alguien que había sobrevivido a lo imposible y que ahora tenía el poder en sus manos.
—Yo… yo no sé de qué hablas —balbuceó—. Estaba tan preocupada por ti, no sabía nada, juré que habías tenido un accidente…
Él rio. Una risa seca, sin humor, que retumbó en las paredes de la sala. Se paró lentamente y caminó hacia ella con pasos lentos, deliberados. Estaba tan cerca que Emma podía oler el mar en su ropa, la sal mezclada con el sudor y un rastro sutil de sangre. Pero lo que más le aterraba era su mirada. Esa mirada que decía, sin necesidad de palabras, que el juego apenas comenzaba.
—¿Sabes lo que es caer desde esa altura? —preguntó él, tomándola del mentón con una fuerza que no usaba para lastimarla, pero que le hacía saber que podía hacerlo si quisiera—. Es como estar muerto antes de golpear el suelo. Es un segundo eterno donde ves toda tu vida pasar, y cada imagen que ves es una traición. Y yo vi las tuyas, Emma. Vi cada una de tus mentiras.
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