Lazos que Unen

La venganza que caminó de regreso a casa

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Sabías que esto no podía terminar así, y esa necesidad de conocer la verdad te trajo hasta aquí. El destino tiene una forma retorcida de escribir las historias, pero jamás imaginaste hasta dónde llegaría esta. El viento golpeaba la puerta de la casa aquella noche, pero no era el viento lo que hizo que a Emma se le helara la sangre. Eran esos pasos. Pasos que no debían existir. Pasos que pertenecían a un hombre al que ella misma había sentenciado a muerte horas antes, en aquel acantilado que ahora aparecía en sus pesadillas.

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Emma había regresado a casa con las manos aún temblorosas, convencida de que había cometido el crimen perfecto. Se había tomado su tiempo para limpiar cada rastro, para ensayar su actuación de viuda desconsolada ante los vecinos, para preparar el llanto que soltaría cuando la policía llegara a darle la noticia. Había planeado todo con una frialdad que ni ella misma sabía que poseía. Pero la vida, esa gran hija de puta, tenía otros planes.

El primer golpe en la puerta la hizo saltar del sofá. El segundo, más fuerte, le heló el corazón. Cuando abrió, con la mano sudorosa en la perilla, sintió que el mundo entero se le venía encima. Ahí estaba. Él. Respiraba. Tenía rasguños en la cara, la ropa destrozada, el cabello revuelto por el agua salada, pero estaba vivo. Y lo peor de todo: sonreía. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una sonrisa que prometía sufrimiento.

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—¿No me vas a invitar a pasar? —preguntó con una calma que aterraba más que cualquier grito.

Emma intentó hablar, pero las palabras se le atascaron en la garganta como piedras. Quería preguntarle cómo, quería saber qué había pasado, quería gritar, quería fingir sorpresa, quería abrazarlo. Pero su cuerpo no respondía. Solo podía mirarlo fijamente, con la boca entreabierta y el corazón latiendo tan fuerte que creyó que se le saldría del pecho.

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