Sé que llegaste hasta aquí porque la historia te atrapó y necesitabas saber cómo termina. Y qué historia, ¿verdad?
El mundo gira de maneras misteriosas, y a veces la justicia no llega con truenos, sino con el suave tic-tac de un reloj que jamás se detiene.
Porque mientras tanto, en aquella relojería de fachada antigua y vitrinas relucientes, don Eliseo aún no se daba cuenta de nada.
«No, si yo no tengo afán», pensó el joven, recostándose en la silla del lujoso restaurante con una sonrisa de suficiencia.
Pero el afán no siempre viene de donde uno espera.
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El restaurante olía a trufa y a dinero. Cristales finos, manteles de lino impecable, camareros que se movían como sombras silenciosas. Ahí, en medio de ese lujo que jamás había conocido de cerca, el joven —se hacía llamar «Santiago»— levantó su copa de vino tinto con una arrogancia que solo los que no han trabajado un día en su vida pueden sentir.
—Brindo por los viejitos confiados —dijo, con una sonrisa torcida.
Su cómplice, una mujer de uñas largas y mirada calculadora, rio entre dientes.
—¿Y el reloj? ¿Cuánto te costó?
—Nada —respondió Santiago, saboreando cada sílaba—. Bueno, técnicamente pagué con la mejor moneda del mundo: la ingenuidad.
Y mientras decía eso, su mano acariciaba la caja del reloj de bolsillo, una pieza de oro macizo que don Eliseo le había entregado con manos temblorosas una hora antes.
—Un reloj de colección, de 1947 —había dicho el anciano, con los ojos brillantes de emoción—. Casi nuevos, los billetes… digo, casi nuevo el reloj. Perteneció a mi abuelo.
Santiago casi se había reído en su cara. Casi.
—Guarde ese dinero y quédese el resto, don Eliseo —había dicho, con esa falsa generosidad que tanto le funcionaba—. Usted se lo merece.
Y el viejo, con sus manos nudosas y su corazón de oro, había aceptado sin revisar ni un solo billete. «Qué bendición», había murmurado, guardando el fajo en el bolsillo de su chaleco.
Qué bendición, sí. Pero no para Santiago.
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—¿Dime, el anciano aún no sospecha que los billetes son falsos? —preguntó la mujer, mojando sus labios en el borde de la copa.
—Qué va —rió Santiago, partiendo un trozo de filete—. Está viejo, está ciego, y está solo. Ojalá no le dé un infarto cuando se dé cuenta. Aunque… mejor que se dé cuenta después de muerto, ¿no? Total, yo ya estaré lejos.
La mujer lo miró con admiración.
Ninguno de los dos sabía que en ese mismo instante, a tres kilómetros de distancia, don Eliseo estaba sentado frente a su mesa de trabajo con la lupa en la mano, examinando los billetes uno por uno.
El corazón le latía con fuerza.
No por el dinero. Nunca fue por el dinero.
Sino por la traición.
Y es que don Eliseo no era un hombre rico. Era un hombre sabio. Había sobrevivido a dos guerras, a tres crisis económicas y a la muerte de su esposa, lo que le había enseñado que los billetes se pierden, pero la dignidad no.
Marcó el número de la policía con manos que ya no temblaban.
—¿Oficial? —dijo, con voz firme—. Necesito reportar una estafa. No, no estoy herido. Pero conozco a los responsables. Les di un reloj de oro a cambio de billetes falsos… pero tengo su fotografía, su nombre y el lugar donde planeaban celebrar su victoria.
Porque don Eliseo tenía una memoria prodigiosa para los detalles.
Y porque el reloj de bolsillo de 1947 no era la única pieza valiosa en esa tienda.
También estaba la cámara de seguridad.
Y la grabación donde Santiago, en su arrogancia, había levantado el fajo de billetes frente a la lente.
—¿Y qué piensa hacer? —preguntó el oficial al otro lado de la línea.
Don Eliseo sonrió por primera vez en días.
—Voy a darles un regalo que no olvidarán jamás… la visita de ustedes.
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Mientras tanto, Santiago seguía celebrando.
—Sabes, esto es solo el principio —dijo, con la boca llena—. La próxima semana voy a hacer lo mismo en la joyería de la esquina. Y el mes que viene, en la casa de empeño. Los viejitos son todos iguales: confían en la gente porque ya no les queda tiempo para sospechar.
—Eres un genio —dijo la mujer.
—No soy un genio —corrigió Santiago, con los ojos brillando—. Soy un hombre que aprende rápido. Y si hay algo que he aprendido, es que la bondad es una debilidad. Y yo vengo a cobrar por las debilidades de los demás.
Levantó la copa para brindar de nuevo.
—Por don Eliseo —dijo, burlón—. Que Dios lo tenga en su gloria, porque su reloj ya está en mis manos.
Y fue justo en ese momento que la puerta del restaurante se abrió.
Santiago no lo notó. Estaba demasiado ocupado riéndose de su propia broma.
Pero su cómplice sí lo notó. Y palideció.
—Santiago… —susurró.
—Dame otro minuto y te digo cómo la haremos con la joyería…
—Santiago —insistió ella, con la voz quebrada—. Los policías.
La copa de vino se resbaló de sus dedos, derramándose sobre el mantel blanco como una mancha de sangre.
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