Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela. ¿Alguna vez has sentido que el universo entero contiene la respiración antes de soltar la tormenta perfecta? Porque eso era exactamente lo que estaba ocurriendo en aquel comedor de techos altos, donde el silencio pesaba más que todo el dinero que alguna vez creyó tener.
Diego Astorga sostenía la hoja en el aire como quien sostiene una bandera de rendición, solo que él no se rendía nunca. Él era el que ganaba. Él era el dueño de media ciudad, el rey del consejo empresarial, el hombre con el apellido que abría puertas y cerraba bocas. Y enfrente de él, Valeria, su esposa de casi veinte años, lo miraba con una calma tan profunda que incomodaba.
Él esperaba llanto. Esperaba gritos. Esperaba esa desesperación que confirma que tienes el poder sobre alguien.
Pero Valeria sonreía.
—¿Estás drogada o simplemente te volviste loca? —preguntó Diego con ese tono suyo, ese tono de hombre que nunca recibió un «no» en su vida adulta.
Ella tomó el vaso de agua que tenía frente a sí y bebió un sorbo lento, deliberado. No tenía prisa. Nunca la tuvo. Al menos no con él.
—Diego, hace veinte años me prometiste que me amarías hasta que la muerte nos separara —dijo Valeria con una voz que no sonaba a derrota, sonaba exactamente a victoria—. Nunca imaginé que la «muerte» que nos separaría sería tu propia muerte financiera.
El hombre soltó una carcajada tan ruidosa que retumbó en los pasillos y probablemente hasta en los jardines. La nueva prometida, una modelo que apenas rozaba los treinta años, lucía un vestido rojo que costaba más que el sueldo de tres empleados de su empresa. Ella también se atrevió a reír.
—Necesitas saber algo, querida —dijo Diego, colocando los papeles definitivamente sobre la mesa con un golpe seco—. En esta ciudad, yo soy el que decide qué es verdad y qué es mentira.
Valeria asintió con estudio, como quien escucha a un niño describir un castillo de arena.
—Nadie te va a creer una sola palabra, Valeria. La empresa, mis contactos, el club, la prensa, el alcalde… todos me deben favores a mí. Tú no tienes nada. Yo lo tengo todo.
Repentinamente, la sonrisa de Valeria cambió de intensidad. Ya no era la calma de una mujer herida. Aquello era la placidez de alguien que ya sabía cómo terminaba la película.
—Por eso mismo vine preparada, Diego. Le pedí a mi abogado que preparara una carpeta con tus últimos movimientos bancarios.
Diego parpadeó, desconcertado.
—¿Movimientos bancarios?
—Sí. Los que hiciste para vaciar nuestra cuenta conjunta el mismo día que tuve el accidente en la carretera hace seis meses. También incluí el audio de la reunión con el director de tu segunda empresa, donde planeabas declararla en quiebra fraudulenta. Esa reunión en la que pactaste con tu socio para cargarlo todo a mi nombre.
El aire se espesó. La modelo dejó de reírse y empezó a mirar el reloj de pared con nervios.
Diego palideció por primera vez en todo el día, pero su arrogancia era más grande que su instinto de supervivencia.
—Inventas demasiado bien, Valeria. Te sugiero que firmes. Te irá bien con la indemnización que te dejaré, no quiero que parezca que soy un monstruo frente al club mañana.
—No firmaré nada —respondió ella, alzando una mano para llamar a la mesera—. Ya no tengo que firmar nada, Diego. Tu abogado de confianza, el famoso Villanueva, ¿lo recuerdas? Ay, es que los conoces a todos…
Diego apretó los puños.
—¿Qué hiciste con Villanueva?
—Nada. Yo no tuve que hacer nada. Él fue quien decidió callar la boca y cooperar con las autoridades cuando le explicaron que eso se llama complicidad. Y también cuando le mostraron las transferencias a su propio hijo.
Ahí estaba. El primer golpe real.
Diego se quedó mirando a su esposa como quien mira una bomba que siempre pensó que era una caja de música.
La mesera se acercó tímidamente, sintiendo el aire tenso entre el grupo, y Valeria pidió con una dulzura absoluta:
—Una copa de vino blanco, por favor. El mejor que tengan.
—Con gusto, señora.
—¿La mejor de la carta? —preguntó Diego burlón, intentando recuperar territorio—. Como si en tu casa de barrio se hubiera aprendido de vinos.
Valeria dejó que el comentario flotara unos segundos.
—Quizás no. Pero en mi despacho, que está en el edificio más grande del centro, tengo una bodega donde me enseñaron a elegir cada etiqueta. Por cierto, hablando de oficinas y propiedades… —hizo una pausa dramática—. ¿Cómo está el clima preferente en la suite de Torre Astorga? Pregunto porque ya no la vas a pisar más.
—¿Qué estás hablando? —Diego se levantó de la silla, decidido a intimidar con su altura, como siempre.
—Lo que te estoy diciendo, mi amor, es muy simple y muy complejo a la vez —Valeria se inclinó hacia atrás, disfrutando el momento como quien mira la función del año—. La justicia y el banco han incautado absolutamente todas tus propiedades e imperio económico.
Un silencio absoluto se apoderó del comedor. La modelo junto a Diego abrió la boca, pero ninguna palabra salió. Su perfecto rostro de belleza artificial se contrajo en el primer gesto genuino de toda su relación: un miedo auténtico.
Diego Astorga, el rey de la ciudad, el dueño de las vidas de sus empleados, el seductor que decidía cuándo terminar su matrimonio, quedó congelado en medio del comedor, con la servilleta aún en la mano, como un actor olvidando su papel en el escenario más grande de su vida.
—Mientes —dijo, pero su voz ya no tenía ese eco de poder.
—¿Quieres comprobarlo? —Valeria sacó de su bolso un teléfono celular con una carcasa azul simple—. Tu propio teléfono tiene una aplicación que no sabes que está sincronizada. En el momento en que el juez firmó el embargo, tu cuenta se cortó automáticamente.
Él sacó su móvil del bolsillo dispuesto a demostrar que ella estaba loca. Pero al ver la pantalla, un aviso grande en color rojo aparecía en la parte superior: «Cuenta bloqueada por orden judicial. Fondos incautados.»
Uno, dos, tres segundos de pura lentitud. Su cara pasó de roja a blanca. Sus manos temblaron.
La modelo, la que creía que su futuro era joyas y viajes a Europa, se levantó lentamente, tomó su cartera Gucci y susurró algo apenas audible:
—Yo de esto no sabía nada. Esto es problema tuyo.
Diego la vio alejarse sin poder detenerla. Su última conquista caminaba hacia la puerta con la gracia que había pagado, pero dejaba atrás un olor a humillación que él jamás imaginó probar.
—Esa es solo una parte, Diego —dijo Valeria, retomando su vino cuando la mesera se lo trajo—. Te quedan muchas cosas por ver hoy.
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