Lazos que Unen

El caballo negro sabía algo que ninguno de nosotros podía imaginar

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Muchos se quedaron con la duda, pero tú tuviste el valor de llegar hasta el fondo. Sigamos donde todo se puso tenso.

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Don Efraín, el capataz más viejo de la hacienda, había visto pasar cientos de historias entre esos potreros. Hombres que llegaban con la mirada perdida buscando trabajo, patrones que creían tener el mundo bajo sus botas, caballos que valían más que la casa donde muchos de esos hombres vivían. Pero lo que estaba ocurriendo ahora, con ese muchacho flaco junto al caballo negro, era algo distinto. Algo que le erizó los pocos cabellos que le quedaban en la nuca.

Estaba a unos cuarenta metros, recargado en la cerca de madera, fingiendo que ajustaba una hebilla rota de su cinturón. Pero sus ojos de viejo lobo no se perdían un solo detalle. El joven rico, el que todos conocían como el hijo del patrón, avanzaba hacia el muchacho con esa arrogancia que solo da tener la chequera llena y la conciencia vacía.

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—Oye, tú —dijo el joven, con una voz que quería sonar autoritaria pero que apenas lograba esconder un tonito de burla—. ¿Qué andas haciendo aquí?

El muchacho levantó la vista lentamente. Tendría unos diecinueve años, quizás veinte. La camisa gastada, los zapatos rotos, las manos marcadas por el trabajo que no conocía descanso. Pero había algo en sus ojos. Algo que don Efraín reconoció al instante porque era la misma mirada que él mismo tenía a sus veinte: hambre, no de comida, sino de demostrar algo.

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—Estaba acariciando al caballo —respondió el muchacho, sin soltar la crin del animal—. Es un ejemplar hermoso.

El caballo negro, un purasangre que valía más de lo que la mayoría de la gente de esos rumbos ganaba en diez años, inclinó la cabeza hacia el muchacho. Lo dejó hacer. Eso era algo que el joven rico no entendía. Que los animales, como la gente, saben quién los respeta.

—¿Sabes quién soy? —preguntó el joven, cruzando los brazos.

—No me interesa.

La respuesta fue tan seca, tan desprovista de miedo, que por un segundo el silencio entre ellos fue ensordecedor. Don Efraín se ajustó el sombrero para no estornudar del nervio. El viento de la tarde movía las ramas de los sauces, pero ningún otro sonido se atrevía a interrumpir ese momento.

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El joven rico dio dos pasos al frente. Ahora estaba a menos de dos metros del muchacho. Sus botas costaban más que el salario semanal de cualquier trabajador de la finca. Traía la camisa de lino impecable, el reloj brillando bajo el sol de la tarde, la mandíbula apretada conteniendo la rabia de haberse sentido desafiado por alguien de un estrato que él consideraba de segunda categoría.

—Mira, te voy a dar un consejo —dijo el joven rico, bajando la voz como si compartiera un secreto—. El dueño de esta hacienda es mi papá. El hombre que te está viendo desde la casa principal es un tipo peligroso, poderoso. Si te descubre aquí tocando su caballo, te va a castigar como nunca te han castigado en tu vida. Mejor desaparece de aquí si no quieres que te pase algo muy feo.

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Don Efraín contuvo la respiración. Conocía al patrón, al verdadero, don Salvador, un hombre rudo pero de buen corazón, que había hecho su fortuna trabajando de sol a sol. Pero también conocía al joven: un muchacho malcriado que usaba el nombre de su padre para intimidar a cualquiera que se le cruzara. Lo que el hijo no sabía, lo que ninguno de los dos imaginaba, era que don Efraín tenía una historia guardada que podría cambiarlo todo.

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